viernes, diciembre 27, 2024

Te extrañaré, Tony


Esa tarde de mayo o junio, nos peleamos por una tontería y ella quiso hacer las paces, pero yo, como el gran idiota que soy, continué y entonces nos dejamos de hablar. No quería pensar en la horrible persona que soy cuando me empecino en tener la razón y tampoco quería reconocer que me había equivocado, así que hice algo que casi nunca hago: encendí la televisión. Pero no la encendí para ver cualquier cosa que atontara mis sentidos. Me metí a la aplicación de Max y busqué Los Soprano. Ya me habían hablado de la serie, sabía que Gandolfini ya estaba muerto desde hacía más de diez años, que le había dado un infarto en la habitación 449 del Hotel Boscolo Exedra en Roma; me habían dicho que era una serie estupenda, me la habían recomendado uno de mis hermanos y uno de mis escritores de cabecera (quien era tan fan de la serie que constantemente la citaba en sus relatos y además había escrito por esos días una columna en un diario de circulación nacional en la que divagaba sobre la importancia de las mujeres con las que estaba relacionado Tony Soprano) y, sin embargo, por una u otra razón, en 2 ó 3 años, no había podido pasar de la primera media hora del primer capítulo, a lo mejor tenía tantas expectativas que ese capítulo acaba por parecerme tedioso. Iban a dar las once de la noche, ella y yo seguíamos sin hablarnos y la reconciliación parecía tan distante e imposible como el trabajo de mis sueños, pero ya estaba terminando la Temporada 1.

En fin, en estos días, mientras sobrevivía a las náuseas provocadas por el vino tinto de la cena de Noche Buena, terminé las 6 Temporadas. Acabar Los Soprano me tomó alrededor de 6 meses: 2 episodios cada día, cada 2 ó 3 días, exceptuando los fines de semana. Y sí me pareció una serie tan genial como decían que era, pero también tuvo momentos malos –como la vida– y creo que hasta descubrí muchas cosas de mí mismo en Tony Soprano –si reflexiono un poco, mis problemas para relacionarme con la gente provienen de la forma en la que aprendí a relacionarme con mi familia, a veces no puedo delegar mis responsabilidades, a veces no logro ver lo fabulosa que es la mujer que vive conmigo desde hace más de diez años–, y todo esto transcurrió de manera casi imperceptible: Tony se había convertido casi en un miembro de mi familia, veía al Tío Junior por todas partes, me creaba ambivalencia el cinismo de Janice, me identifiqué con Christopher, sentí pena por la forma en la que acabó Johnny Sack, aborrecí a Phil Leotardo y a los chantajistas del FBI; temporada tras temporada, la Dra. Melfi me cayó peor; pensé en que podría interpretar a Furio y que Carmela podría ser mi crush.

En una escena, Meadow veía un video de Morphine en su recámara; en otra escena, Carmela salía del consultorio de la Dra. Melfi mientras sonaba una canción de Tom Petty; casi al final de la Temporada 6, la cámara se enfocaba en un árbol que había atravesado la camioneta de Christopher y que se había insertado exactamente en el asiento que podría haber ocupado su bebé, mientras sonaba “Comfortably Numb” y Christopher agonizaba, ahogándose en su propia sangre, detrás del volante, y Tony tomaba una decisión. En la Temporada 5, Steve Buscemi interpretó a «Tony B» –un mafioso que pasó varios años en la cárcel y que quiso rehacer su vida, pero que recayó por la tentación del dinero– y dirigió algunos capítulos; Sir Ben Kingsley, Nancy Sinatra y David Lee Roth también aparecieron en otras temporadas, “interpretándose” a ellos mismos.

El final no podía ser cualquier tontería explícita, no podía terminar con «Y Los Soprano fueron felices para siempre...», y los fans han especulado mucho sobre el posible significado de ese hombre que parece estar cazando a Tony mientras Carmela y sus hijos se reúnen con él en ese restaurante de bajo perfil, David Chase ha contado su versión, ha dicho que nada fue un accidente, que el final tenía que estar abierto a lo que cada espectador quisiera creer que ocurriría con Los Soprano, y me pareció un final muy bueno, que “Don't stop believin'” sonara cuando aparecen los créditos de la serie fue la mejor elección, y, sin embargo, el final me dejó con una sensación de vacío, como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago y estuviera recuperando lentamente el aire y volviendo a la (implacable) realidad, esta en la que ya hice las paces con mi esposa, pero en la que no importa cuánto lo intente, en la que el trabajo de mis sueños sigue siendo algo imposible y distante.

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

domingo, noviembre 24, 2024

Esta oscuridad que me ha perseguido

Durante casi dos semanas estuve tomando valaciclovir, tres veces al día. Durante dos semanas no he salido a correr. Durante casi un mes no he bebido ni un vasito de Jack Daniel's. El sábado cumplí 10 meses sin fumar. Y hoy estoy despierto desde las seis de la mañana. 

No quiero divagar, no quiero entrar en detalles, tampoco quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido todo este mes. Tampoco quiero dejar que el dolor se apodere de todo, ni estar pensando en cuánto deseo rascarme la mano, el brazo y la espalda. La comezón es insoportable. Es como si me hubieran arrastrado varios metros por el asfalto: me punza, me duele, me da comezón.

Quisiera deshacerme de todas estas sensaciones que no me dejan en paz, quisiera poner las cosas en orden, desahogarme, escribir sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero Kilitos de Amor ya está en el escritorio, junto a la computadora, y maúlla y ronronea y me mira fijamente, y en su lenguaje felino me pide su porción matutina de Royal Canin. El comienzo de este ritual, me llevará a otra parte del ritual de todos los días: sacar la tira reactiva y el glucométro y la lanceta y pincharme un dedo y depositar una gota de sangre en la tira reactiva, y anotar cuántos mg/dl tengo de glucosa en sangre en ayuno, y perder un tiempo muy valioso intentando recordar qué comí ayer. 

Paso la lengua por el paladar. Las encías están inflamadas. Siempre ocurre cuando tengo la glucosa altísima. No he bebido ni un vasito de Jack Daniel's en casi un mes, pero ayer me tomé un vaso de Coca-Cola y me comí una hamburguesa con papas a la francesa. La vida no puede ser tan monótona. No puedes tomar agua sin azúcar y comer verduras hervidas y pechuga de pavo, todos los días.  

No quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido casi todo el mes. 

Desde algún rincón de la casa, Yoko maúlla una y otra vez, y sus maullidos son tan agudos que no puedo concentrarme, y no sé por qué pienso en que sus maullidos a veces suenan como cuando alguien pasa un cuchillo afilado por un vidrio, y me remontan a alguna escena de Pesadilla en la calle del infierno en la que Freddy Krueger pasaba las navajas de los dedos de su guante sobre la tubería de algún sótano de las pesadillas de sus víctimas. También pienso en que todo se puede romper dentro de mí, como supuestamente le ocurrió al papá de Knausgård y como supuestamente le ocurre a su esposa, según lo que relata a partir de la página 920 del último tomo de Mi Lucha que estaba leyendo esta mañana antes de levantarme de la cama, cuando mi sueño fue interrumpido por el adormecimiento y por el dolor y por la comezón que siento en la mano, en el brazo y en la espalda. 

Ya estoy olvidando sobre qué quería escribir, no quería divagar, el impulso de escribir se va desvaneciendo como el último sueño que tuve antes de despertarme, ese que fue interrumpido por los síntomas que dejó el herpes zoster, ese sueño en el que apareció esta chica que estudiaba la licenciatura cuando yo estaba terminando el doctorado y que a veces iba al laboratorio y que nunca me hablaba sobria, pero, que, cuando, por ejemplo, coincidíamos en la clausura de algún congreso y ella ya tenía unos tragos encima, me saludaba y me contaba dos o tres cosas de su proyecto de investigación; esta chica que quién sabe por qué me intriga, esta chica que no entiendo –¡somos de mundos totalmente distintos!–, y que quién sabe por qué aparece en mis sueños ocasionalmente. En ese sueño, ella caminaba junto a mí, subía unas escaleras que yo iba bajando, y a lo lejos se incendiaba una casa, y yo descendía del tercer piso del edificio en el que viví toda mi infancia, y esa casa que se incendiaba era como la casa de la servidumbre de una mansión, y el camino que llevaba de la calle a la mansión estaba rodeado de árboles y de pasto, como si fuera un pequeño campo de golf, y el camino incluso tenía una fuente y una autopista por la que pasaban autos lujosos. La mansión se parecía a esa mansión de Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. En el ambiente del sueño había una especie de nostalgia, como si estuviéramos atrapados en una película del cine de oro mexicano. Y esta chica pasaba junto a mí, y tenía la mirada perdida, y llevaba puesto un suéter blanco con rayas negras y tenía cara de funeral. 

No sé qué puede significar ese sueño, sólo sé que soy el único que podría entender de dónde salieron todos estos escenarios y alegorías y esta chica, y estoy tratando de encontrar qué mensaje oculto pueden tener el edificio de la infancia, el incendio a unos metros del edificio, las escaleras y Kubrick y el cine de oro mexicano, y el hecho de que yo voy bajando por las escaleras y que esta chica va subiendo por las escaleras, cuando Lizzie entra en la recámara y de pronto me doy cuenta de que Jackson está acostado junto a mí en la cama. Él nada más contempla lo que ocurre más allá de la cama, cómo Lizzie pasa por la recámara y luego se mete en el cuarto donde teje, y luego me mira y cierra los párpados lentamente y mueve las orejas un poco, y todo esto lo hace de un modo en el que parece que está meditando, o evaluando los pros y los contras de levantarse de la cama. Es un gato sensacional, es el más paciente de los tres, y también es el más travieso y el más cariñoso. El que hace más vocalizaciones.

Estoy en todas estas cosas, cuando suena el teléfono, me ha llegado una notificación de What's App, es un mensaje de voz, intento ignorarlo, y me acuerdo del domingo pasado, cuando un fulano me llamó por teléfono en la tarde y fue directo al punto, me dijo Su paquete de Amazon llegará en 20 minutos, y yo le dije que estaba equivocado, que yo no había pedido nada, y luego me preguntó ¿Cómo está? y yo le dije la verdad, que estaba más o menos, ese día cumplía alrededor de 10 días con herpes zoster y en tiempo récord me habían bateado de tres convocatorias para plazas de académicos de tiempo completo en dos universidades distintas, y entonces le pregunté al fulano cómo estaba él –hasta ese punto, ni él me dijo su nombre ni confirmó el mío, como suelen hacer los ejecutivos de ventas cuando te llaman por teléfono– y él me dijo algo terriblemente patético –Con salud y con trabajo, gracias a Dios– y allí fue donde confirmé que se trataba de una estafa, que el sujeto tenía estudiado su discurso de “persona decente y chambeadora”, y divagué, y me lo imaginé como “persona decente y chambeadora”: cabello corto (fascistoide), saco, camisa formal, pantalones caqui, zapatos con punta de pico de pato... sin pendientes, obviamente, y sin tatuajes visibles, obviamente. Entonces, cuando le iba diciendo Ah, aquí es la parte en la que me vas a pedir que te dé un código que me llegará a mi What's App, él colgó. No sé dónde leí que a una celebridad la estafaron de una manera similar, pero mientras transcurría esta llamada telefónica, reconocí que aprendí algo de la experiencia de otra persona. 

Yo también colgué y no dejé de pensar en que el mundo de las apariencias es un asco. Que “la fábrica de sueños”, primero, y que las redes sociales, ahora, han adoctrinado de tal modo a la sociedad que creemos que una persona es como se ve: que las apariencias lo son todo. Podrías toparte en la calle con un hijo de la chingada que se ve estupendamente bien y que le vendería su madre al mejor postor, pero que te tira un rollo aspiracionista y empresarial, y entonces entregarle las llaves de tu casa porque eso es lo que te han enseñado la tele y los medios masivos de comunicación.

Escribo estas líneas y trato de ignorar el mensaje de voz que acaba de llegarme por What's App, pero hay un montón de distractores en todas partes. Yo sólo quiero desahogarme, olvidar estas dolorosas sensaciones que carcomen mi mano, mi brazo y mi espalda, y que me hacen sentir como si me hubieran arrastrado varios kilómetros por el asfalto y que me hacen desear una sola cosa: ¡rascarme hasta arrancarme toda la piel!

Estas dolorosas sensaciones tal vez son una manera en la que mi cuerpo me está diciendo que mande todo a volar, que deje de pensar en la oscuridad que me ha perseguido todo el mes, que la academia es una farsa, similar a la representación de “persona decente y chambeadora” del fulano que quiso estafarme por What's App el domingo pasado; que todas las plazas académicas ya tienen nombre y apellido, que he conseguido en tiempo récord mucho más de lo que podría conseguir cualquier académico con contratos temporales. Que puedo hacer muchas cosas más que las que podría hacer alguien a quien le ponen todo en bandeja de plata. Que debo aprender de mi propia experiencia, que es un poco absurdo aprender de la experiencia de otras personas y ser incapaz de aprender de tu propia experiencia. Que la publicidad es tan cabrona y obvia, que hasta escritores sin imaginación venden novelas sin imaginación. Y la gente los reconoce como escritores.

También cabe la posibilidad de que este dolor y esta convalecencia no signifiquen nada, tal vez nada significa nada, tal vez esto no significa nada, tal vez la aparición del edificio de mi infancia en mis sueños no significa nada, tal vez los distractores son la realidad, tal vez la selección mexicana de futbol es lo único real, tal vez lo único que importa es tener un buen publicista o un buen contacto, tal vez todos los días debemos salir de nosotros mismos, tal vez nosotros somos nuestra propia oscuridad, tal vez las enfermedades son todas psicosomáticas, tal vez lo único real es que no podemos vivir de satisfacciones personales, somos adultos y no podemos pasar todo el día en la cama, huyendo de las responsabilidades porque estamos tristes y enfermos.

sábado, octubre 26, 2024

más o menos bien


Sonaba “Más o menos bien” y yo estaba ídem, con varios litros de Jim Beam recorriendo mi torrente sanguíneo y estallando esporádicamente en mi sistema nervioso central, a punto de que todo, incluyendo sentirme una malísima copia de José Agustín, me valiera madre, pero el remordimiento era más fuerte que ese estado de semi inconsciencia. 

Había hecho enojar a Lizzie otra vez. 

La música y las luces de El Pata Negra me embotaron, me dio un ataque de tos, me faltó el aire, y me transportaron a un malviaje, como el de aquella noche en casa de Tomás, cuando habíamos fumado una hidropónica muy potente y Lizzie y yo nos quedamos en silencio, en medio de la sala, mientras Tomás y sus amigos escuchaban alguna triste canción de José José y yo sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad, y quería vomitar y evitaba precipitarme en el abismo de ese pensamiento que merodeaba mi mente –«¡Te sientes mal, y te sentirás peor!»– y que me llevaría a hiperventilar y a tener una crisis de ansiedad. 

De pronto, el público –unos cuarenta o cincuenta individuos–, corearon la canción y movieron las manos en lo alto, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y establecieron un vínculo fabuloso con la banda, formaron una fabulosa comunión con la banda, y las reminisciencias de aquel malviaje en casa de Tomás se esfumaron, la gente dejó de ser un espejismo, la música y las luces me despertaron y me devolvieron a la realidad.
 
A lo mejor todos 
(excepto Lizzie, quien, desde entonces, era la única que se mantenía sobria siempre), ya estábamos más o menos ebrios, el evento era patrocinado por Jim Beam y los tragos eran gratis, y, tal vez, una groupie de Nos Llamamos me había puesto un brazo alrededor del cuello y el contacto con la tibia piel de otro ser humano me hizo volver a la realidad y reparar en que no estaba soñando, en que no estaba a punto de hiperventilar en casa de Tomás, sino en que la groupie y yo estábamos de pie, a menos de un metro del escenario, y que todo eso –la música, las luces, la gente, la comunión entre el público y la banda, los tragos de whisky bourbon que explotaban en mi cerebro– habría podido convertirse en un recuerdo memorable, excepto que no podía apartar mis pensamientos de Lizzie, de lo que ella significaba para mí, de que siempre la hacía enojar con tonterías, de que era tan idiota que nunca podía quedarme con la boca cerrada, de que era tan idiota que no podía darme cuenta de lo fabulosa que era conmigo.

Bajé la mirada, carraspeé, me quité el brazo de la groupie de encima, ya no era un contacto reconfortante sino una invasión a mi espacio, y escuché en mi mente:

«¡Todas las canciones las canta igual!»

Eso era lo que Lizzie me decía cuando ponía por tercera o cuarta ocasión consecutiva La Dinastía Scorpio cualquier fin de semana, en el reproductor de discos compactos. Estaba obsesionado con ese álbum. Casi tanto como me había obsesionado Hasta Ahora Todo Va Bien, el álbum debut de esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que había tocado varias veces con Nos Llamamos. Lizzie y yo vivíamos en un pequeño departamento en Xola y casi todos los fines de semana escuchaba La Dinastía Scorpio, y Lizzie, con toda razón, ya estaba harta. No le gustaba el cantante, decía que todo lo cantaba igual, y yo discutía con ella –a lo mejor en esos momentos ya me había tomado varios whiskies baratos–, y no aceptaba que ése era su punto de vista. 

La Dinastía Scorpio era el álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado que traía “Más o menos bien” –esa canción que estaban tocando en vivo, en la realidad de ese estado semi inconsciente que me arrastraba como una ola salvaje hacia afuera, hacia donde transcurría esa fabulosa comunión entre la banda y el público, y luego hacia adentro de mí mismo, como si me tragara el océano, hacia donde no había nada más que una oscura luminosidad de malos viajes con otros agentes químicos–, y no era plenamente consciente de que estaba escuchando a esa banda argentina en un foro pequeño, ni que tenía a esa banda argentina a menos de un metro de distancia, entre un montón de manos que se movían en lo alto, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, y que a veces parecían un espejismo, conforme varios mililitros de Jim Beam iban estallando en mi sistema nervioso central y me sentía una malísima copia de José Agustín y al mismo tiempo me valía madre porque me encontraba en un estado de semi inconsciencia.

Suspiré y luego dejé escapar un poco de aire por la boca. 

Una especie de claridad, una ráfaga de aire caliente, subió desde mis entrañas hasta mi cabeza, y me sentí miserable, y me pregunté cuándo había comprado ese álbum –¿acaso lo había comprado en otro concierto?, ¿acaso Él Mató A Un Policía Motorizado había tocado otras veces con Nos Llamamos?, ¿acaso me había obsesionado con ese álbum como me había obsesionado con Hasta Ahora Todo Va Bien, de Los Silencios Incómodos, esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que me encantaba y que también había tocado varias veces con Nos Llamamos?–, y también me pregunté cosas más importantes: ¿por qué no podía dejar de ser un idiota...?, ¿cuánto tiempo más me soportaría Lizzie...? 

Ella y yo apenas íbamos a cumplir tres años viviendo juntos y yo ya ostentaba el récord de provocar discusiones sin sentido y ella siempre era más lista que yo y me ignoraba, pero esa noche había sido la excepción –quizá ya la había hartado con mis recurrentes arranques de ira y de infantilismo, quizá esa noche en verdad estaba furiosa, quizá esa noche era el fin de los tiempos–, y, entre todas esas manos que comulgaban con la banda argentina de noise rock, por primera vez desde que escuchaba incansablemente La Dinastía Scorpio, me dio la impresión de que el cantante, tal y como me lo había dicho Lizzie en innumerables ocasiones, cantaba todo igual, todo lo cantaba en el mismo tono. 

Busqué a Lizzie con la mirada y la vi platicar a muchos metros de distancia, estaba con un amigo suyo, creo que nos había presentado antes de que empezaran a tocar Nos Llamamos, y tuve un insight: nunca vas a cambiar, necesitas ayuda profesional, tienes un problema con tu control de ira.

No pensaba realmente en esa película en la que actúa Jack Nicholson, pero ésa era la idea.

Aún no demolían El Plaza Condesa, Lizzie y yo íbamos a cumplir tres años en ese pequeño departamento en Xola que era como un congelador –apenas le daba el sol–, Kilitos de Amor era un gato bebé, yo acababa de publicar otro paper como primer autor, el último semestre del doctorado se estaba convirtiendo en un infierno, mi tutor y yo nos llevábamos del carajo, todos los días me sentía mal, todos los días quería mandar a volar todo, todos los días me sentía insignificante, los síntomas de esa espantosa enfermedad que me llevaría al quirófano años más tarde aún no emergían a la superficie, y esa noche ya habían tocado Nos Llamamos y El Mató A Un Policía Motorizado tenía diez o quince minutos en el escenario de El Pata Negra. 

Ya pasaron casi diez años desde entonces, algunas cosas siguen igual y otras han mejorado y otras han empeorado, Kilitos de Amor ya es un senior cat y vino a llamar mi atención mientras escribía todo esto y se subió al escritorio y luego me pasó una de sus patitas sobre el rostro y le acaricié la cabeza y las orejas y él ronroneó y se quedó unos minutos como estatua y después se fue, y van a dar las siete de la mañana y es sábado y Lizzie no está enojada conmigo.

viernes, octubre 11, 2024

(perdí el) control

Quién sabe cómo llegamos a la Cineteca, pero debieron de ser las cinco o las seis de la tarde. Entre las nueve y las diez, estaba en Querétaro, más exactamente en el Instituto de Neurobiología, en mi segunda entrevista de admisión al Doctorado. En comparación con mi primera entrevista, que tenía más o menos un año de haber ocurrido en el Instituto de Fisiología Celular, incluso estaba preparado para responder a alguna integrante del jurado que tuviera prejuicios hacia los psicólogos, que nos tuviera estigmatizados como “profesionales de la salud de menor rango”, incapaces de estudiar ciencia de frontera en modelos animales, y que me preguntara algo como ¿Sabes quiénes fueron Moruzzi y Magoun...? ¡Cuéntanos cuál es la diferencia entre el encéfalo aislado y el cerebro aislado! y que les insistiera a los demás miembros del jurado que yo no tenía perfil de investigador, que todos los psicólogos debíamos limitarnos a la psicoterapia. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero entonces ya tenía más de un año en el laboratorio de mi potencial tutor de Doctorado y había asistido a un congreso nacional y a varios seminarios con su grupo. También tenía más dominio del tema de mi proyecto de investigación –ya tenía clarísimo que el Sistema Reticular Activador Ascendente no era un concepto vigente y ya sabía cómo responder si algún miembro del Jurado me preguntaba cuáles eran las diferencias entre “la actividad comatosa” y “el sueño profundo” en el EEG–, en dos meses había ensayado una y otra vez, en distintos grupos de investigación, mi presentación, y, según las reglas de la convocatoria de las entrevistas de admisión al Doctorado en Ciencias Biomédicas, no debía durar más de diez minutos. 

Quién sabe cómo llegamos allí, pero había pasado la noche en Querétaro, en casa de una amiga. Lulú estudiaba la Maestría en Neurobiología en el INB y su esposo y ella tenían varios meses viviendo en Querétaro. Luego de la entrevista, los tres volvimos a la CDMX, Lulú y yo tomamos un montón de cervezas y encontramos en algún punto de la CDMX a Chinaski. Cuando la vimos, ya estaba un poco ebrio. Tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, pero no quería pensar demasiado en la entrevista. Era mi última oportunidad. Si el Jurado me reprobaba, ya no podría ingresar a ese posgrado.

Tal vez Lulú lo propuso y decidimos ir a la Cineteca, Control tenía algunos días en cartelera, y Lulú y Mike querían verla. Ni a Chinaski ni a mí nos interesaban Ian Curtis o Joy Division. A Chinaski le daba igual Joy Division. A mí me chocaba. Me parecía una de esas bandas que todo mundo había comenzado a escuchar, pero no tanto por su música ni por interés en el post-punk, sino por marketing. O por las cosas que el periodismo de rock cuenta sobre la epilepsia y la depresión que llevaron a Ian Curtis a suicidarse a los veintitrés años, ahorcándose en la cocina de su casa, horas antes de que Joy Division partiera a su primera gira en Estados Unidos. 

No recuerdo cómo llegamos, pero el punto es que allí estábamos: en las butacas de la tercera o cuarta fila de la sala A, B o C de la Cineteca. Debió de ser un jueves de mayo. Chinaski estaba a mi izquierda, Mike y Lulú estaban a mi derecha, y nos pasábamos una botella de vino. Chinaski era la única sobria, ella no había tomado una sola gota de alcohol, ella nunca tomaba una sola gota de alcohol, y yo no le prestaba mucha atención a la película, me daba igual el origen de Joy Division en alguna oscura reunión en Manchester en la década de los setenta, me daba igual si a Ian Curtis le resultaba imposible lidiar con la presión de la banda y si su matrimonio se desmoronaba y si de todo eso obtuvo inspiración para escribir “Love will tear us apart”; yo solamente hablaba y hablaba con Chinaski, me sumergía en la penumbra de la sala y me perdía en los confines de sus impresionantes ojos del color del Mar Caribe, la amaba con todo mi corazón, la admiraba y le decía cómo me sentía, que tenía la impresión de que la entrevista había sido todo un éxito, que al final de la entrevista un miembro del Jurado me había preguntado por qué quería ingresar a ese posgrado y que yo le había dicho que prefería ser el peor de los mejores que el mejor de los peores, y ella se rió y me dijo que eso había estado un poco fuera de lugar. Le dije que no sabría qué haría si me volvían a rechazar en el posgrado, que tal vez eso significaría que no tenía vocación para la investigación, y ella me reconfortó, me dijo que todo saldría bien, que no tenía por qué preocuparme. 

De pronto, tuve un blackout

Pasó lo que pasó, de lo que no tengo recuerdo alguno, y salimos del cine, debieron de ser las ocho o nueve de la noche, y probablemente no podía ni hablar ni pensar coherentemente y probablemente no podía caminar en línea recta, y estoy casi seguro de que Lulú y Mike nos acercaron a alguna estación del metro en su camioneta y que entonces Chinaski y yo volvimos a nuestros rumbos y que luego salimos del metro y que yo la llevé a su casa y que me sentía feliz, que la amaba con todo mi corazón, que tenía la impresión de que mi entrevista había sido todo un éxito. Luego nos despedimos y luego caminé hasta la casa de mis papás, tal vez llovía un poco, ya debían de ser más de las diez de la noche, ya no estaba tan ebrio, pero estaba exhausto. Me tumbé en la cama y llamé por teléfono a Chinaski, y, después de una breve conversación que no recuerdo claramente, me sentí exhausto y colgamos y me acosté a dormir. Años después, cuando discutimos por alguna tontería de esas que suscitan cataclismos en las parejas que se mudan a vivir solas, Chinaski se enojó mucho conmigo y me contó todo, me dijo qué hice cuando tuve ese blackout en la Cineteca. Y jamás he podido superarlo, me convertí en algo que odio y ni siquiera tengo recuerdo de ello.

domingo, octubre 06, 2024

Give Me A Leonard Cohen Afterworld

Estoy sentado frente a la computadora por tercera o cuarta vez en lo que va del día, hace frío, son las seis de la tarde del domingo, ya me puse la pijama que compré hace rato en el Costco, había un montón de gente en el Costco pero no tanta gente como el martes, que fue día feriado porque Claudia Sheinbaum –¡la primera presidenta de México!– recibió la banda presidencial, y los ojos me lloran, me escuecen, tengo la nariz tapada y el cuerpo cortado, mi piel es un campo minado, y es la segunda vez que me enfermo en tres meses, o tal vez es la alergia estacional, una más de las razones por las cuales no me gusta esta época del año, y la odio porque, además, es la época del año en la que cumplo años (para mí, no estamos en octubre, ya estamos en diciembre, ya cumplió años Jim Morrison –¿sigue vivo?–, falta poco para que Eddie Vedder cumpla años –¡ya casi es abuelo!– y para que las familias se reúnan a cenar pavo y lomo relleno y ensalada de manzana, e ignoren que Jesús no nació el 25 de diciembre, y para que el mundo entero mire el desfile en Times Square por televisión –¿suena “Over the rainbow”, de Israel Kamakawiwo'ole?–, y el año ya se acabó, y no puedo dejar de acordarme de todas las posadas del 20 de diciembre en las que me obligaron a escuchar “Las Mañanitas” y a soportar que un invitado genérico, que no tenía ni la más remota idea de quién era yo y cuánto odiaba los cumpleaños genéricos –no está mal; si lo necesitas, lo necesitas; si te gusta, te gusta, pero yo no soy la clase de persona que usa como pretexto sus cumpleaños para mimarse y para procrastinar, o que sube fotos de sus cumpleaños en redes sociales–, me aplastara la cabeza contra el pastel, mientras todos aplaudían y sonreían –lo siento papás: nunca nos gustaron las mismas cosas, y ya sé que se van a quejar porque no saben quién soy, aunque en verdad no les importe saber quién soy–, y lo sé, y sé que tú me entiendes: hace más de cuatro décadas que nací y ya debería haberlo superado pero no puedo superarlo, y tengo tantos prejuicios que no sé qué tipo de terapia sería la mejor para mí), pero, cuando estoy a punto de precipitarme en el abismo, una canción de los Butthole Surfers inunda la estancia –What do they know about love, my friend...?, canta Gibby Haynes–, y yo pienso «Gracias Alexa, no reprodujiste a esa cursi banda pop llamada Melvins, de la India, y que no se tomó la molestia de googlear si había otra banda, como los Melvins de los 80, de Montesano, Washington, que se llamara Melvins, cada vez que te pido a los Melvins», y suspiro, y siento cómo el aire caliente inunda mis fosas nasales, es una ráfaga de bienestar, como un shot de euforia, de lugar seguro, y le doy otro sorbo al Jack Daniel's con Coca Cola –si fuera un ingenuo que no sabe nada de farmacología y que nunca ha tenido un malviaje, estaría preocupado, preguntándome si me voy a “cruzar” por mezclar loratadina, paracetamol y whiskey, pero sí estoy preocupado por el daño que le hago a mis riñones, por la cantidad de nefronas que han matado mis hábitos, por el daño que ha sufrido mi estómago, no sé qué tan saturada estará mi alcohol deshidrogenasa en este momento, cuando escupo estas líneas, y también estoy preocupado por el daño que ha sufrido mi hígado a lo largo de tantas décadas de atracones de alcohol en fines de semana–, pero empiezo a sentirme ligero, y eso es lo que me importa, estoy en el borde de la euforia y de una espantosa resaca, y es como la primera vez que tomé alcohol a escondidas, cuando acababa de volver a la casa de mis papás después de comprar el recién lanzado a la venta MTV Unplugged In New York, era la Noche Buena de 1994, acababa de terminar la secundaria, Kurt Cobain ya era una leyenda, una estrella de rock que se inyectaba heroína y que se había volado los sesos con una Remington, y entonces me serví dos o tres vasitos de Johnnie Walker, hurtados de la cantina de mi papá, y estaba mortalmente aburrido, pensando en cuánto deseaba tener novia y una guitarra eléctrica, y subí a mi recámara y me bebí los vasitos de Johnnie Walker en tiempo récord, mientras escuchaba a Kurt Cobain, desde el más allá, decirle a la audiencia de los Sony Studios de New York que iba a tocar una versión solista de “Pennyroyal Tea” y en la casa reinaba una atmósfera de funeral porque los abuelos maternos y paternos nos habían “dado el cortón” y no irían a cenar con nosotros, y Cobain la cagaba al final de la canción y eso era genial, súper punk rocker– y, en fin, en el presente del domingo seis de octubre del 2024, mis ojos no son mis ojos ya, sino los ojos de otra persona, pero los ojos de esta otra persona anidan en las cuencas de mis ojos y son un par de granadas a punto de estallar. 

Cierro los párpados como si pudiera desasirme del par de granadas (que son los ojos de otra persona) que amagan con volar mi materia cefálica, y como si pudiera desasirme de esta maldición: en todo el día no he podido escribir; y no, no es 'el bloqueo del escritor'.

En la mañana, en cuanto me levanté (porque soñaba que unos evangelistas me bautizaban en una alberca y que Chinaski me pedía el divorcio en frente de todos los estudiantes del último curso que impartí; la clase de sueños que puedo tener después de terminar mi contrato temporal del 2024, después de haber recibido un pastel sorpresa de los estudiantes del curso de Neurofarmacología y Adicción, después de haber visto Ed Wood, de Tim Burton, y después de haber tenido una discusión con Chinaski porque no le gustó Ed Wood, de Tim Burton, y porque yo mismo me siento mal por haber tenido un blackout provocado por el espíritu del vino de hace una semana, en la inauguración del Centro Neurológico y de Sueño, cuando platiqué con Raúl Aguilar, y por haberle llamado la atención enfrente de mis colegas en un elevador) y todo estaba en penumbra y en silencio, vine a este mismo lugar, y me senté frente a la computadora, como ahora, y la encendí y me dispuse a escribir, como ahora, pero, al cabo de un par de minutos, cuando una idea comenzaba a fluir, cuando (creía) comenzaba a entrar en la zona, llegó Kilitos de Amor y maulló una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, y me pidió comida y atención. 

Tuve que abandonar lo que empezaba a escribir por la mañana, cuando Kilitos de Amor demandó mi atención, justo como ocurrió hace una semana (y lo que comenzaba a escribir esta mañana, igual que lo que comenzaba a escribir hace una semana, era una tontería con la que no conectaba del todo, una tontería colosal y pretenciosa sobre mi traumatizante experiencia en el Edificio S de X universidad durante el terremoto del 19 de septiembre del 2017, cuando era posdoc y estaba en el limbo de la academia), y cuando volví a sentarme frente a la computadora, después de darle de comer Royal Canin a Kilitos de Amor y a sus hermanos, y después de recoger la arena de Kilitos de Amor y de sus hermanos, releí lo que había escrito y lo que había escrito me pareció una tontería digna de las columnas semanales de uno de esos escritores “consagrados” a los que les pagan por escribir una columna semanal –lo que les da la gana: «me gustó el espectáculo del Superbowl; si no te gustó, es tu problema; no sabes de música»; «el Fullham perdió pero Raúl Jiménez le dio una súper asistencia a su compañero»; «el shrink anota quién sabe qué en su libreta, es fin de año y se me fue la onda»– en diarios de circulación nacional. 

«¡Cuánto me gustaría conocer a alguien que me pagara por escribir las mismas tonterías que escribo en mi blog!», me digo mentalmente, y los Butthole Surfers inundan la estancia, y Gibby Haynes me hace imaginarlo en Exodus con Kurt Cobain, sentados junto a una ventana, en los últimos días de marzo de 1994. «El tipo se saltó la barda, pero, ya sabes, puedes salir de Exodus por la puerta principal; nadie está aquí en contra de su voluntad», le dice Gibby a Cobain, mientras los dos se fuman un Marlboro.

«Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», me sorprendo diciéndome mentalmente, y ya tengo los puños crispados, intento no morderme los labios, estoy furioso, frustrado, necesito una IV de morfina para lidiar con mi rabia. Y este mantra, «Aunque tengas tiempo, no puedes escribir todo el tiempo», que me persigue desde que abrí mi primer blog, en el 2006, cuando era cool tener un blog, no es lo mismo que “el bloqueo de escritor”. Eso que los escritores 'consagrados' –a quienes les pagan por escribir cosas similares a las que yo escribo en mi blog–, llaman 'bloqueo del escritor' es un pretexto, es un capricho, es falta de imaginación, es falta de disciplina, es falta de creatividad y perspectiva. Cuando yo digo que no puedo escribir aunque tenga todo el tiempo del mundo, no me refiero a que estoy bloqueado; me refiero a que siempre escribo pero que no siempre me gusta lo que escribo. Es diferente. Soy quisquilloso.

Lo que ocurre ahora mismo, lo que ha ocurrido desde que me levanté de la cama y vine a este lugar a escribir y usé como pretexto la necesidad de atención de Kilitos de Amor, es lo mismo que ha ocurrido en las últimas cuatro o cinco semanas, o tal vez desde un par de meses: he vivido tantas cosas en tan poco tiempo, que no puedo procesarlas, ni escribir sobre ellas. 

Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría a Las Vegas a escribir una novela sobre un alcohólico y jugador que pierde todo su patrimonio en Las Vegas, jamás intentaría ser una mala imitación de Dostoievksi. Me gusta escribir sobre lo que vivo, jamás me iría al Coliseo Romano a escribir una novela sobre un gladiador que era un asesino serial, jamás me bastaría con tener un libro en los anaqueles de novedades de Sanborns. ¿Y tú...?