domingo, octubre 31, 2021

Live At The Paramount Theatre

En progreso. 

Aunque es un día soleado, hace un frío del carajo y mis manos parecen de hielo y los cuatro kilos de ropa que traigo encima apenas me permiten mover los brazos, pero tengo que celebrar este día en el que se cumplen 30 años del concierto de Nirvana en el Paramount Theatre de Seattle, WA. 

El recuerdo de este concierto me pone muy emocional y todos mis pensamientos están desordenados y no sé por dónde comenzar a escribir en el blog, e intento recordar cuándo me enteré de este concierto y no estoy seguro si fue en 1995 ó 1996, pero, si sé, sin saber que se trataba de este concierto, que en 1994, cuando estaba de vacaciones, antes de entrar a la prepa, que vi el video de “About A Girl” que fue grabado en este concierto. 

Veías videos musicales en la televisión para matar el tiempo; pasaban videos de bandas de rock –Aerosmith, Guns N' Roses, Metallica– y de cantantes de rock pop –Phil Collins, Brian Adams, Jon Bon Jovi– que nunca habías escuchado y que te resultaron toda una novedad –en la secundaria, la mayoría de tus compañeros escuchaban salsa y cumbias, y tú escuchabas a Michael Jackson y a Vanilla Ice–, pero una tarde viste “About A Girl” y tu mundo cambió.

En el video, tres individuos –un guitarrista con una melena rubia y con una Stratocaster para zurdos de color negro, un bajista descalzo de casi dos metros de altura y un baterista con cabello castaño y largo y con los brazos tatuados– tocaban en un escenario, frente a un montón de adolescentes un poco más grandes que tú.

La canción tenía una estructura pop que te recordó a alguna de las canciones de los sesenta de The Beatles, pero tenía también un sonido “sucio” en el que la distorsión de la Stratocaster y la ferocidad de la batería y la armonía del bajo se mezclaban de un modo que sonaba a pop y a rock al mismo tiempo spontáneo y de rock espontáneo que la hacía única para ti y que checaba perfectamente con anzamiento de Nevermind, alrededor de las diez de la noche, después de las presentaciones de Bikini Kill y de Mudhoney, Nirvana salió al escenario. 

El concierto originalmente estaba programado en el Moore Theatre (un recinto más pequeño), pero, debido a la creciente popularidad de Nirvana (y a la gran demanda de boletos), los organizadores tuvieron que cambiarlo al Paramount Theatre. 

DGC –la compañía discográfica con la que tenía contrato Nirvana– quería aprovechar el concierto para promocionar Nevermind antes de que la banda saliera de gira a Europa y grabó con varias cámaras 

martes, octubre 19, 2021

Una Jaguar '65 llena de sangre

Qué molesto es lidiar con los dolores del ayuno apareciendo intermitentemente en tu estómago como explosiones de ansiedad en un campo de batalla minado y llamando escandalosamente tu atención como un gatito hambriento y caprichoso que suelta mordiditas que te pellizcan la piel, cuando lo único que quieres hacer es poner en palabras esa idea que tenías en la cabeza antes de que tu vejiga a punto de reventar te levantara de la cama. 

Qué molesto es tener que acostumbrarse a esas convulsiones de tus intestinos y tener un ataque de tos a la mitad de todo provocado por el ayuno de toda la noche y luego tener que tomar el kit de la prueba de glucemia y sacar la libreta en la que llevas el registro de tu glucosa en sangre en ayuno desde hace más de 100 días consecutivos y sacar la pluma y luego la tira reactiva y la lanceta y después pinchar el dedo afortunado para el sacrificio de sangre de hoy, y sentir el breve pinchazo de la lanceta en tu dedo competir con los calambres locos e incontrolables de tus vísceras hambrientas en la frialdad de la recámara que parece un cruel congelador, e ir olvidando cuál idea tenías en la cabeza y querías poner en palabras, mientras esperas con desesperanza la lectura del glucómetro y haces acopio de tus fuerzas para recordar qué cosas indebidas comiste ayer y reparas en que es 19 de octubre y que se cumplen 30 años de aquel célebre concierto de Nirvana en Dallas, Texas, en un club llamado “Trees”, en el que Kurt Cobain tuvo un altercado con un guardaespaldas. 

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando los temblores de tus intestinos reclaman que bajes a la cocina y que los alimentes exactamente en este momento y que termines comportándote como una bestia con una corteza cerebral de adorno y que obedezcas y que hagas lo mismo que cualquier otra persona, sin ningún interés en este concierto ni en ordenar en palabras la idea que se va borrando lentamente como el amanecer en tu mente, podría hacer.

Qué molesto es tener esta idea y no poder ponerla en palabras –probablemente no es una idea brillante, pero sí es auténtica sólo porque nadie más que tú puede tenerla en el mismo momento en el que tú la estás pensando– y que no puedas elaborar en detalle todos los elementos de este evento que te ha recordado este 19 de octubre del 2021, tales como los testimonios de los asistentes a ese concierto –incluyendo a Kurt Cobain, a Krist Novoselic y a Dave Grohl, y a otros músicos cercanos a ellos, como Mark Lanegan– que quedaron plasmados en algún libro o en alguna entrevista o en algún artículo y en los que casi todos los involucrados coinciden en que Kurt Cobain estaba frustrado porque había estado teniendo problemas con un amplificador toda la noche y que lo pateó varias veces y que el amplificador resultó ser de un amigo de uno de los guardaespaldas que cuidaban que el público no se subiera al escenario, y que el guardaespaldas ya le había pedido a Cobain varias veces que dejara de patear el amplificador y que éste lo ignoró y que entonces, cuando se lanzó al público a la mitad de “Love Buzz” –en la parte del feedback de la guitarra–, era inevitable que el guardaespaldas perdiera los estribos y lo jalara furiosamente de los cabellos para regresarlo al escenario y que Kurt le diera un certero guitarrazo en la frente.

Qué molesto es recordar todo esto frenéticamente, cuando mis vísceras no dejan de callarse y me hablan como si fueran voces dentro de mi cabeza conspirando en contra de estos recuerdos y obligándome a interrumpir estos recuerdos frenéticos y bajar a la cocina y tomar una aburrida manzana del aburrido frutero y comérmela en el aburrimiento de la lentitud que implica comer una manzana y concentrar toda mi atención en comerme la manzana, cuando lo que en verdad quiero hacer es escribir sobre estos recuerdos y cuando estoy seguro que más tarde podría comerme la maldita manzana y que ya no podré escribir estas tontas ideas porque el momento preciso para escribir estas tontas ideas se habrá ido.

Qué molesto es acabar con la manzana y hacer un gran esfuerzo para retomar el hilo de los recuerdos y recordar que después de jalar a Kurt Cobain de los cabellos y recibir un golpe en la frente con una Jaguar '65, el guardaespaldas enfureció y le dio una patada a Kurt cuando Kurt estaba levantándose del suelo, y que la banda dejó de tocar abruptamente y que Krist Novoselic dejó caer por ahí su bajo y que Dave Grohl saltó desde detrás de la batería y que Krist Novoselic detuvo al guardaespaldas que ya se le iba a los puños a Kurt Cobain y que se quitó su playera y que se la ofreció y que la frente del guardaespaldas sangraba copiosamente y que Dave Grohl miraba a la distancia y se pasaba el cabello detrás de una oreja como si estuviera asustado y no diera crédito a lo que estaba pasando y no supiera qué hacer, aunque tenía casi un año tocando con Nirvana en clubes parecidos al Trees y aunque había sido testigo de enfrentamientos semejantes –parece que Cobain siempre los metía en líos– y aunque tenía casi 10 años tocando la batería en diversas bandas de punk hardcore y aunque debía estar familiarizado con esta clase de peleas.

Qué molesto es recordar todo esto justo cuando mis necesidades fisiológicas me llaman estruendosamente una vez más, y cuando el frío de este congelador que parece una recámara en la que siempre es invierno me está entumeciendo los dedos que aporrean el teclado de la computadora, y cuando debo interrumpir mi escritura por enésima ocasión, pero en esta ocasión para ir al baño; y qué molesto es no recordar precisamente dónde leí –para volver a consultar la fuente– que Cobain, que Novoselic y que Grohl al final del concierto tomaron apresuradamente un taxi y que el taxi se quedó sin gasolina, o que le falló el motor, y que se quedaron allí varados, justamente a una cuadra del club, atentos a que el guardaespaldas –que había sido expulsado del concierto después del altercado con Kurt– cumpliera su amenaza y los estuviera esperando a la salida del club y los estuviera buscando y se apareciera en cualquier momento con sus amigos guardaespaldas, para romperle la madre a Kurt Cobain.

Todo esto quedó registrado en el VHS Live!!! Tonight!!! Sold!!! Out!!! y lo vi por primera vez un domingo de 1995 y me dejó tan impactado que, ahora mismo, justamente cuando se celebran 30 años del concierto, encuentro ridículo intentar ponerlo en palabras, no sólo porque tenía otra idea en la cabeza y también quería ponerla en palabras, sino porque ocurrió en el momento preciso en el que debí obedecer a mis vísceras y porque mis ruidosas vísceras asesinaron el ímpetu que tenía para escribir sobre estos recuerdos.

Qué molesto es no tener paciencia para elaborar sobre los detalles de esta escena que alimentó mi enfermiza admiración hacia Kurt Cobain y no poder entrar en detalles sobre las cosas que ocurrieron años más tarde, cuando ya me había casado y cuando mi mujer dormía a mi lado en nuestra cálida cama matrimonial y cuando yo tenía apenas unas semanas de haber ingresado al doctorado y sin embargo ya lidiaba con mis propias frustraciones; cuando, en lugar de patear furiosamente un amplificador, todos los viernes por las noches fumaba antes de dormirme para mitigar el estrés –modulando la liberación de neurotransmisores excitadores e inhibidores, y sintiendo que así me quitaba de encima una pesada semana de casi 12 horas diarias de trabajo y de los tediosos recorridos de 2 ó 3 horas diarias en el infernal transporte público desde la casa hasta Ciudad Universitaria de ida y vuelta– y me acostaba a ver conciertos en el iPod –los había descargado de YouTube y acababa de comprarme el iPod y la pila todavía no entraba en obsolescencia programada– mientras mi mujer dormía y esperaba que el fin de semana saliéramos a divertirnos a algún lugar. 

Durante varios viernes consecutivos vi este concierto en el Club Trees de Dallas, Texas, de principio a fin, y, cada vez que lo veía me sentía trasladado por un momento a aquel domingo de 1995 en el que vi por primera vez esta escena del golpe de la Jaguar '65 en la frente del guardaespaldas, o incluso me sentía trasladado a aquel 19 de octubre de 1991, como si yo mismo hubiera estado frente al escenario en ese club –el video de este concierto había sido grabado por un amigo de Krist Novoselic (¿su hermano?) desde uno de los costados del escenario y las tomas eran muy cercanas, de pésima calidad, pero muy vívidas–; y qué molesto es reconocer que entonces no tenía que lidiar con el escandaloso dolor de mis vísceras exigiendo que las alimente, ni con el pinchazo de la lanceta en uno de mis dedos, ni con la desesperanza de la lectura del glucómetro, ni con este terrible frío, ni con la necesidad de aplazar una idea que quería poner en palabras ¡y que se ha esfumado mientras todo esto ha ido ocurriendo, y mientras el mundo ha despertado y todo está lleno de ruido y me siento vigilado!, y qué molesto es admitir que nada es realmente molesto: molesto sería tener ERGE y no poder comer más que dos o tres cosas y andar con náuseas todo el día y aborrecer cada segundo, y no tener una cama cálida ni una mujer fabulosa en la cama; molesto sería no tener razones para molestarse y no tener imprevistos que no te impidieran escribir, ni poder incendiar tus emociones rabiosas en unas tontas líneas que escribes en un blog que nadie lee aparte de ti.

sábado, octubre 16, 2021

No es el karma: es tu irresponsabilidad


El vecino XX tiene un Chihuahua. Por la tarde, cuando hay más gente en el fraccionamiento, sale a su jardín a tomar el sol y deja que el Chihuahua ande libremente por ahí. A la vecina Yeye se le ocurre pasear a sus perros con correa, del otro lado del jardín del vecino XX, justamente en ese momento. El Chihuahua, como la mayoría de los perros pequeños, es un bravucón y sale a toda prisa a perseguir a los perros de la vecina Yeye. El vecino XX bosteza a la distancia y continúa tomando el sol en su jardín y la vecina Yeye tiene que hacer peripecias para que sus perros –un Pug y un Bulldog– no se le lancen encima al Chihuahua (incluso debe cargar al Pug, con todo y la correa, mientras se esfuerza por retener al Bulldog). El vecino XX es un espectador desde la primera butaca de su jardín: sólo le falta darle un sorbo a su limonada y una cámara fotográfica para completar la escena. 

Por la noche, nos enteramos en el chat de WhatsApp de los vecinos, que un corredor frustrado de F1, ha atropellado al Chihuahua –nadie sabe exactamente qué tanto daño le hizo– y entonces el vecino XX enfurece y despotrica contra la mesa directiva del fraccionamiento y se queja amargamente de la irresponsabilidad del conductor y de los vecinos en general. 

La gente sólo se da cuenta de las cosas que siempre están ocurriendo, cuando le pasan. No es el karma: es tu irresponsabilidad.

viernes, octubre 08, 2021

Antichrist Superstar (1996)


Con una voz cansada, Marilyn Manson murmura una frase incomprensible a través de un aparato que suena como un altavoz distorsionado; su voz poco a poco se pierde entre los gritos de los fans que corean “please, don't go!, please, don't go!, please, don't go...!” y los gritos son interrumpidos de pronto por cuatro rápidos compases del hi hat que orquestan la entrada de la guitarra, del bajo y de la batería al unísono.

Así comienza Antichrist Superstar.

Tras unos segundos de caos en el que todos los instrumentos compiten para capturar la atención del escucha, la guitarra y la batería van bajando su intensidad, pero las líneas del bajo de Twiggy Ramírez permanecen y abren el escenario para que Marilyn Manson diga de un modo seductor (como de estrella porno): “Soy todo un americano y te podría vender el suicidio”, y luego, tras otros momentos de caos, se desgañite y nos advierta “¡Todos somos esclavos de alguien más!”

Aún recuerdo haber escuchado estos primeros momentos de “Irresponsible Hate Anthem”, a través de los audífonos de mi walkman, en alguno de los pasillos de la Ciudad Universitaria –o tal vez en las Islas, o en el camino que conecta a la Facultad de Medicina, a la Facultad de Economía, a la Facultad de Derecho y a la Facultad de Filosofía y Letras–, alguna de esas primeras mañanas oscuras en las que me dirigía a mis primeras clases –Introducción a la Psicología o Bases Biológicas de la Conducta o Historia de la Psicología–, la Facultad de Psicología. 

Debió de ser agosto o septiembre de 1997. Acababa de entrar a la universidad. El segundo álbum de estudio de Marilyn Manson –después de Portrait of an American family, de 1994, y del EP Smells like children, de 1995– tenía poco más de un año de haber salido a la venta. Antichrist Superstar fue producido por Trent Reznor y por Sean Bavan, y catapultó a la banda de Ohio (aunque comenzaron a tocar en pequeños clubes de Miami, su fundador nació en Ohio) a la fama.

El álbum está plagado de referencias a la obra de Friedrich Nietzsche –en canciones como “Dried Up, Tied And Dead To The World”, “Antichrist Superstar” y “Man That You Fear”– y de mensajes apocalípticos, sacados de las pesadillas recurrentes de Marilyn Manson –como “Little horn”, que describe un mundo apocalíptico en el que las peleas entre androides y quimeras son parte del entretenimiento de la sociedad–, en los cuales las drogas y el sexo parecen ser las únicas opciones de la humanidad para sobrellevar su aburrida existencia en un mundo superficial. 

Salió a la venta bajo los sellos discográficos Nothing/Interscope Records y la gira que lo acompañó fue censurada en algunas ciudades de Estados Unidos por grupos católicos extremistas que decían que Manson era una mala influencia para la juventud (quemaba Biblias en sus conciertos, fingía devorar animales vivos en el escenario y hacía que la audiencia participara en rituales que parecían satánicos) y terminó con un concierto en El Palacio de Los Deportes de la Ciudad de México, en septiembre de 1997 (toda esta información está detallada en “Long hard road out of hell”). 

Hoy cumple 25 años. 

domingo, septiembre 19, 2021

19 de septiembre del 2017

                     


A las 11 am, tal y como nos había informado esa misma mañana la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar poco más de diez metros desde el cubículo hasta la zona de seguridad que me correspondía –entre las escaleras y los baños del tercer piso del Edificio S– e interrumpir mis actividades –estaba capturando los últimos detalles de una solicitud para concursar por financiamiento en el CONACyT– durante cinco o diez minutos.)

En la zona de seguridad nos reunimos alrededor de diez personas. La mayoría era personal administrativo, pero también había unos cuantos estudiantes e investigadores. Yo era el único posdoc, y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc ni por tener la impresión de que para los administrativos y para los estudiantes yo era un estudiante más (no tiene nada de malo, pero uno ya pasó por la licenciatura y por el doctorado, y ya publicó artículos de investigación, y, generalmente, ya impartió clases para licenciatura y para posgrado), sino porque había pasado una mala noche y porque estaba despierto desde las cuatro de la mañana: me había puesto a leer algunas noticias en Internet sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 y esas noticias me habían remontado a mi propia experiencia durante ese terremoto y me habían hecho recordar cosas en las que no había pensado en 32 años. 

Me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y se encargaron de reforzar mi impresión (que no me veían como un posdoc, sino como un estudiante más). No pude evitar ponerme a pensar en que los estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer. Ya me había tocado tratar a algunos estudiantes en esa universidad que me hablaban cuando les resultaba inevitable, o cuando creían que era mi obligación facilitarles cualquier cosa que necesitaran para correr sus experimentos. 

Me sentí idiota. Yo me lo busqué. Ni me gustan las conversaciones de pasillo. Por desgracia, justo en ese momento, no quería sentirme aislado, encerrado en mi propio mundo. Me pareció de lo más inoportuno que, justo durante el macrosimulacro, de las cinco personas que regularmente compartimos el cubículo, sólo estuviera yo: B, estaba en la Comisión de Seguridad y coordinaba el simulacro y andaba de un lado para otro; E tenía alguna clase, en otro edificio de la universidad; Ó, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento, atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y R tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a mis actividades al cubículo. Poco después volvieron E y Ó y se pusieron a platicar sobre la muerte de Drucker que no tenía ni una semana de haber ocurrido. Estaba seguro de que ellos no sabían que Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, ni que fue “mi abuelo académico” y presidente del Comité de mi examen de candidatura –en mis años de estudiante de doctorado, él siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria– y quería decirles todo esto y unirme a la plática, pero, digamos que, después de mi experiencia durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar y sólo quería completar mi solicitud para la convocatoria de financiamiento del CONACyT –la fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre y todavía me faltaban algunos detalles–, así que me enfoqué en terminarla. Ya estaba un poco harto, pues tenía varias semanas trabajando en la propuesta de investigación y no podía terminarla. Además de que la plataforma del CONACyT había cambiado recientemente y de que tenía que volver a cargar toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos eran muy latosos: requerían que redactara varias Cartas Compromiso y que recabara las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

E y Ó continuaban hablando sobre Drucker, y me aburrí y me puse a leer un artículo que encontré por ahí. Los autores evaluaban el impacto de la restricción de sueño sobre la memoria a corto plazo en la Aplysia. Empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, cuando el suelo se sacudió. Fue como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, con la intención de llegar a la zona de seguridad, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más que unos cuantos pasos. Todo parecía irreal –no podía creer que estuviera temblando justo ese día en el que se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justo ese día en el que me había puesto a pensar en cosas en las que no había pensado en 32 años, y entonces comenzó a sonar la alerta sísmica y escuché gritos y vidrios quebrándose y paredes cayéndose y estructuras metálicas retorciéndose, y todos esos sonidos me devolvieron a la realidad. Entonces, a mi izquierda, 
a unos metros de la puerta del cubículo, vi a un grupo de personas que se abrazaban junto a una de las columnas del pasillo.

Como el movimiento no paraba y parecía cobrar mayor intensidad a cada segundo –era imposible mantener el equilibrio–, mi imaginación voló, me puse paranoico, y creí que el edificio S caería en cualquier momento y que todo lo que había estado recordando desde la mañana había sido una señal de esa catástrofe y que debí haber prestado más atención a mis pensamientos, y entonces, por unos segundos, no pensé en nada más que en salir del edificio antes de que se cayera, y traté de volver por mis cosas al cubículo, pero el movimiento era tan fuerte que no pude dar más de dos pasos.

Traté de acercarme al grupo de personas que se abrazaban a la columna del pasillo y me di cuenta de que a mi derecha había otro grupo de personas en las mismas condiciones –abrazándose a otra de las columnas del pasillo–, y distinguí entre ese otro grupo de gente a una investigadora que conozco desde hace casi 10 años y que de pronto dejó de hablarme. Vagamente recordé que en una conversación de pasillo me había enterado que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado sus experimentos. También recordé que incluso algunos de sus amigos investigadores (con quienes yo nunca antes había tenido problemas de ningún tipo), también me habían dejado de hablar, y, más allá de que no era cierto nada de lo que ella había dicho, me encabronó el hecho de que ella nunca se hubiera quejado directamente conmigo, y también que nunca se hubiera interesado en averiguar si yo tenía algo que decir al respecto. (¿Qué clase de tonto tendría que ser para sabotear los experimentos de una investigadora que tiene más años que yo en la universidad?) Al verla allí, asustada y abrazándose a otras personas, pensé en que esa clase de conflictos que me amargan la vida, son inevitables y absurdos, pero que no valen la pena: incluso si uno no dice nada –o, más bien, porque no dice nada, y se concentra en su trabajo–, siempre habrá alguien que encontrará la oportunidad de poner palabras en tu boca y de echarte la culpa de algo.

Unos metros más allá de la columna a mi derecha, estaba E. También se veía asustado. Es una persona muy optimista y siempre está sonriente, pero, en ese momento, su semblante era el de una persona totalmente distinta. Tal vez estaba preocupado por B y por sus hijas. B daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en la escuela, a kilómetros de distancia. Verlo así, de pronto, ocasionó que, así como segundos antes había pasado con el sonido de la alerta sísmica, de los gritos de la gente, de los vidrios quebrándose, de las paredes cayéndose y de las estructuras metálicas del edificio retorciéndose, mi mente se echara a volar. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y entonces me di cuenta de que me encontraba sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en universidad. La ubicaba de vista, algunas veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. 

Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos en esas condiciones tan horrendas e improbables, y deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan terrible, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí, mientras el edificio S se sacudía, de una u otra manera, habíamos tenido pensamientos similares: que ya habíamos pensado que el edificio no resistiría el terremoto y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos –de mujeres y de hombres, por igual– eran aterradores y se confundían con el sonido de la alerta sísmica –que empezó a sonar en algún momento, después del terremoto–, pero el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio que crujían con el movimiento era aún más aterrador. Este sonido peculiar de tuberías y de varillas retorciéndose en un edificio me remontó al otro terremoto, al de 32 años atrás, a esa mañana del jueves 19 de septiembre de 1985 en la que los segundos transcurrían tan lentamente que parecían eternos, mientras mi mamá nos abrazaba a mi hermano y a mí en el quinto piso del edificio en el que vivíamos, y 
esperábamos a que el terremoto terminara y a que todo volviera a la normalidad, mientras las tuberías y las varillas crujían.  

Era imposible no pensar en que todo se trataba de un dèjá vuh. Era imposible no pensar en que el Edificio S se desplomaría y en que nos quedaríamos atrapados entre los escombros. Mi mente siguió volando y recordé algunas de las anécdotas que escuché en los meses posteriores al terremoto de 1985, cuando era un niño pero me daba cuenta de que parecía no haber otro tema de conversación entre los adultos a los que frecuentaban mis papás, cuando todos –familiares y amigos– hablaban del terremoto, cuando cada uno de los familiares y cada uno de los amigos de mis papás parecían haber conocido directamente a algún sobreviviente del terremoto o a algún desaparecido.   

Se sintió una sacudida más fuerte que las anteriores, y escuché otra vez los gritos de las personas que estaban atrapadas como yo en ese pasillo, y escuché otra vez el sonido de las tuberías y de las varillas del edificio retorciéndose, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales y creí que era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, tal y como ocurre en los documentales en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos, y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó.

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a la universidad a la hora de la comida y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Colonia Roma, y entonces cruzaron mi mente varias preguntas: cuando comenzó a temblar, ¿ella continuaba en el departamento –vivíamos en el quinto piso de un edificio–, o ya había salido a la calle...?; si ya había salido a la calle, ¿dónde se encontraba?; si ya estaba en la calle, ¿los gatos estaban bien...?, ¿les caería encima algún mueble dentro del departamento...?, ¿el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado...? ¿Qué tal si ese edificio en el que habíamos vivido durante los últimos cinco años y que tenía casi treinta años de edad y que fue inaugurado algunos años después del terremoto de 1985 y que quedaba a veinte minutos de la universidad y que es mucho más alto que el Edificio S, se encontraba en peores condiciones...?

Cuando acabó el terremoto, que pareció durar una eternidad, salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. La situación era incierta. Aún no sabíamos las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. He vivido tantos terremotos que he aprendido que, si las líneas telefónicas se caen después de un terremoto, el terremoto no fue cualquier cosa. Respiré profundamente, para intentar tranquilizarme, y miré alrededor. 

Lo primero que vi fue que el mural de Arnold Belkin, en la entrada principal del edificio S, tenía dos fisuras enormes que lo dividían en tres partes.  

Antes de entrar en desesperación total, intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. Salí de la universidad. La calle parecía la escena de una película del fin del mundo. Todos los camiones de transporte público pasaban a toda velocidad, llenos de gente, y algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos transeúntes. Las sirenas de patrullas, de ambulancias y de camiones de bomberos completaban la escena. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio de la catástrofe y esa parte de la ciudad ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Ocurría igual con los camiones de pasajeros. Tuve que caminar hasta Rojo Gómez. Cada paso que daba era desesperante. Tenía la impresión de que mis pasos no me llevaban a ningún lado, que solo estaba caminando en círculos. 

No podía comunicarme con Katz. No sabía cómo estaban Katz y los gatos. Estaba rodeado de gente igual de desesperada que yo, pero estaba solo. 

No pude tomar ningún transporte. 

Cuando llegué a Rojo Gómez, debí caminar sobre Rojo Gómez, desde Gavilán hasta Canal del Moral. No sé cuántos kilómetros caminé. Estaba exhausto, a punto de rendirme, caminando por inercia, esperando poderme subir a algún camión de pasajeros o taxi o automóvil particular. 

Esporádicamente intentaba llamar por teléfono a Katz, pero ya sabía que el teléfono seguiría sin línea y ya no quería pensar en que las líneas telefónicas se caen sólo cuando ha ocurrido algo en verdad catastrófico. Sólo quería llegar al departamento y saber que Katz y que los gatos estaban a salvo. 

Sobre Rojo Gómez, decenas de peatones caminaban ensimismados en sus propios pensamientos. No se veían daños aparatosos en ningún edificio o casa. El tráfico iba a vuelta de rueda y constantemente pasaban patrullas y ambulancias hacia Ermita Iztapalapa. 

Después de haber caminado más de media hora sin parar y después de haberme acostumbrado a ese peregrinaje que parecía no tener fin –incluso dejé de sentir mis piernas–, me detuve en una tienda en la que se escuchaba la radio. Miré al dueño y él, amablemente, me ofreció comida y bebida gratis. Le dije que no y le di las gracias. Simplemente me quedé allí unos segundos, escuchando las noticias. Él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado más fuerte que el terremoto de 1985, y ambos escuchamos al mismo tiempo a la locutora del radio decir que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. 

Deseé que Katz no hubiera cambiado de planes a última hora y que no hubiera decidido ir ella sola a ver a su primo –a veces, ella cambia de planes–, y volví a intentar llamarla por teléfono sin éxito y luego retomé mi peregrinaje hacia el departamento. 

La angustia y la incertidumbre eran fulminantes, eran como una tonelada de cemento encima de mí. Tenía seca la boca seca y sentía un hueco en el estómago, pero lo único que realmente necesitaba era comunicarme con Katz y saber que ella y que los gatos estaban bien. 

Al cabo de casi una hora de camino a pie, cuando estaba más o menos a la altura de Parque Tezontle, finalmente logré subirme a un camión de pasajeros. El camión 
iba llenísimo, el tráfico continuaba a vuelta de rueda, y el calor era sofocante. Unos pasajeros bromeaban sobre el terremoto –y los odié: seguramente, ellos ya se habían logrado comunicar con sus seres queridos y sabían que todos estaban bien, y el terremoto sólo era un evento inusual que los había sacado de la monotonía–, y no me dejaban escuchar la radio que traía encendida el chofer del camión. 

Hasta ese momento se me ocurrió que Katz también podría haber estado intentando comunicarse conmigo y que también debía de estar preocupada por mí, pero no podía hacer nada más: ya no tenía fuerzas; si me bajaba del camión, nada cambiaría; no podría echarme a correr y llegar más rápido que el camión, al departamento. 

Por las calles por las que pasábamos en el camión no había daños. 



Llegué a la casa alrededor de las cuatro de la tarde –¡t
ardé casi dos horas y media en llegar, desde la universidad!–, y me bajé del camión. Los edificios y las casas se veían bien, pero caminé lo más rápido que mis fuerzas me lo permitieron. Desde la avenida, logré ver que el edificio en el que vivíamos se encontraba en buen estado, y, por primera vez desde que había salido de la universidad, me sentí tranquilo. En el estacionamiento del edificio, me encontré a uno de los vecinos que vivía en el mismo piso que nosotros. Estaba inspeccionando los alrededores en compañía de sus hijos, y su presencia me tranquilizó aún más.

Me acerqué a la entrada del edificio. 
Las manos todavía me temblaban tanto que apenas pude meter la llave en la cerradura de la puerta. Una de las vecinas de la planta baja, me dijo que Elizabeth estaba bien y que acababa de subir al departamento, y subí hasta el quinto piso y m
i cuñada me abrió la puerta antes de que intentara abrirla desde afuera con la llave, y me dijo que tenía como media hora en el departamento y que ella y que Elizabeth estaban bien.

Elizabeth estaba en la recámara y salió a la sala y la vi bien y me dijo que los gatos estaban asustados y escondidos debajo de la cama. Me dijo que había intentado llamarme por teléfono muchas veces y que durante el terremoto los gatos se habían asustado y que había escuchado los gritos y los llantos de los niños y de las profesoras de la primaria que está junto al edificio. Me dijo que el edificio se mecía y que chocaba con el edificio de al lado. Me dijo que creyó que el edificio se caería y que se metió en el clóset de la recámara. Me dijo que había escuchado cómo crujían las tuberías y las varillas del edificio. Me dijo que ya se había comunicado con sus papás y con mi mamá, y que todos estaban bien. Me senté en un sillón y descansé unos minutos, y luego inspeccioné el departamento. Nos quedamos sin luz y sin agua, pero todo se veía bien. Tuvimos internet hasta que se le acabó la batería al módem, pero nos bastó para ver en redes sociales la destrucción que había causado el terremoto. Las imágenes eran tan similares al terremoto de 1985 que parecía el mismo evento, y al igual que hacía treinta y dos años, yo vivía en la Ciudad de México, en el quinto piso de un edificio de departamentos y mi familia estaba bien. Era muy afortunado.

Elizabeth, los gatos y yo nos fuimos 
a pasar la noche a la casa de mis papás. Les conté cómo había sido mi día, cómo había sido vivir el terremoto en el edificio S –incluso les dije que era muy probable que hubiera sufrido algún daño severo– y cómo había sido el caótico regreso de la universidad al departamento, pero como que creyeron que exageraba. 

Nos acostamos en mi recámara con los gatos. Toda la noche estuvieron inquietos y deambulando de un lado a otro. Toda la noche sentí que el suelo se movía y presentí que volvería a temblar y que sonaría la alerta sísmica. Cualquier movimiento, por ligero que fuera, me recordaba el movimiento en el tercer piso del edificio S. Estaba exhausto, pero no pude dormir ni dejar de pensar que mis piernas continuaban moviéndose sobre la Avenida Rojo Gómez.

Han pasado cuatro años y el edificio S ya no existe y son las 13: 14.