viernes, septiembre 23, 2022

Wah, wah, wah

A las 11 de la mañana, tal y como nos había informado, esa misma mañana, la Comisión de Seguridad, sonó la alerta sísmica –wah, wah, wah– y entonces me levanté de mi asiento y salí del cubículo y seguí el protocolo del macrosimulacro. (No era para tanto: sólo tenía que caminar algo así como diez metros hasta la zona de seguridad, entre las escaleras y los baños del tercer piso del edificio S, y dejar lo que estaba haciendo –cargar los últimos documentos de la solicitud en la que estaba trabajando desde agosto para concursar por financiamiento en la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT– y quedarme allí durante diez o quince minutos.)

Nos reunimos alrededor de diez personas en la zona de seguridad. La mayoría eran administrativos, pero también había estudiantes. Sin embargo, yo era el único posdoc y me sentía fuera de sitio, no sólo por ser el único posdoc allí, sino porque ser un posdoc es, en cierta forma, estar en el limbo de la academia. 

En los pasillos de la universidad había escuchado a un par de investigadoras referirse a sus posdocs como estudiantes. Si ellas, mejor que nadie, deberían saber que un posdoc no es un estudiante más, y, sin embargo, llamaban así a sus posdocs, ¿qué podía esperar yo –que aparecí, casi de la nada, en el Departamento–, de los administrativos y de los estudiantes de grado y de pregrado...? (Claro que no tiene nada de malo ser un estudiante más, pero hay que darle su lugar a los posdocs: parece obvio, pero, cuando estás en el posdoc, ya pasaste por la licenciatura y por el doctorado, ya debiste haber publicado al menos un artículo de investigación como primer autor en una revista con peer review, y ya debiste haber impartido clases en licenciatura y en posgrado. Yo no era un posdoc estándar. Ya era primer autor en cuatro papers, era coautor en tres papers, tenía dos capítulos en libros en inglés y, durante más o menos cuatro años, ya había sido profesor de asignatura en la UNAM, y, a veces, uno que otro estudiante actuaba como si yo fuera su asistente. Me miraban de arriba abajo, como si estuvieran esperando a que les limpiara las camas de aserrín a sus ratas, o ni siquiera me contestaban el saludo. A veces, tenía tantas ganas de comportarme como un verdadero mamón con ellos, y mandarlos al carajo y presumirles todo lo que había hecho.) 

También me sentía fuera de sitio en la zona de seguridad porque estaba desvelado. 

Me había despertado de una pesadilla alrededor de las tres o cuatro de la mañana, y se me había ocurrido revisar algunas noticias en mi teléfono. Había muchas notas sobre el terremoto del jueves 19 de septiembre de 1985 –en 32 años no había hecho nada similar–, y esas noticias me habían afectado en un mal sentido, y tenía pensamientos catastróficos y no podía dejar de recordar detalles de mi propia experiencia durante ese terremoto. 

Durante el macrosimulacro, me acerqué a un par de estudiantes para platicar con ellas sobre cualquier cosa y distraerme y dejar de pensar en el terremoto de 1985, pero lo que les dije les importó un carajo –ni siquiera intentaron disimularlo– y reforzaron mi impresión de que ser un posdoc es estar en el limbo de la academia. Fue obvio para mí que ellas me veían como un estudiante más que no tenía gran cosa que contarles. Me encabronó la situación. También es obvio que algunos estudiantes no te toman en serio, si no les marcas tus límites y si no eres un poco mamón con ellos, y si no te la pasas presumiéndoles cuántas publicaciones tienes ni cuántas cosas sabes hacer... A veces, aunque se los digas, no funciona. Algunos estudiantes sólo escuchan lo que quieren escuchar y sólo te hablan cuando no les queda otra opción –normalmente, ni siquiera te saludan–, o cuando creen que tu obligación es facilitarles cualquier cosa que necesiten para correr sus experimentos. En fin, es difícil darles gusto. A algunos.

Después de esa interacción social desastrosa, me maldije por intentar ser alguien que no soy –no me desvivo por socializar– y por haberme puesto a leer esas noticias en Internet. No quería sentirme encerrado en mi propio mundo, ni continuar pensando en todas las cosas que me daban vueltas en la cabeza, pero acabé sintiéndome como si hubiera una barrera entre el resto de la gente agrupada en la zona de seguridad y yo. 

De las cinco personas que regularmente compartíamos el cubículo y con quienes conversaba regularmente, en ese momento, sólo estaba yo: A, como integrante de la Comisión de Seguridad, coordinaba el macrosimulacro y andaba de un lado para otro; G impartía alguna clase en otro edificio de la universidad; P, que siempre estaba en el cubículo a esa hora, justo en ese momento atendía algunos trámites en la Rectoría de la Unidad; y Q tenía alguna reunión académica en Ciudad Universitaria. 

Acabó el macrosimulacro y volví a trabajar al cubículo. Al cabo de unos minutos, G y P volvieron y se pusieron a platicar sobre algunas anécdotas de René Drucker, que había muerto el domingo anterior. Me hubiera gustado unirme a la plática –Drucker es co-autor en uno de mis artículos como primer autor, fue “mi abuelo académico” y fue presidente del Comité de mi examen de candidatura, pero mientras fui estudiante de doctorado, siempre estuvo muy ocupado, era Director General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y lo traté muy poco; ni siquiera pude verlo en persona cuando necesité alguna firma suya, y toda la comunicación que tuve con él fue a través de su secretaria–, pero, digamos que, después de mi experiencia social durante el macrosimulacro, ya no tenía muchas ganas de socializar. Me concentré en completar mi solicitud para la convocatoria de Ciencia Básica del CONACyT. La fecha límite de recepción de solicitudes era el viernes 22 de septiembre. 

Ya estaba harto. La solicitud parecía no tener fin. Tenía varias semanas trabajando en ella. Además de que habían actualizado la plataforma del CONACyT y de que había tenido que volver a cargar otra vez toda la información académica que había cargado desde el 2008, los trámites administrativos de la solicitud eran muy latosos: entre otras cosas, tenía que redactar varias Cartas Compromiso y recabar las firmas del Jefe de Departamento, del Jefe de Área, del Secretario de Unidad y del Rector de Unidad. 

G y P continuaban hablando sobre Drucker, cuando me aburrí de la burocracia del CONACyT y me puse a leer un artículo que tenía en esa carpeta de la computadora en la que pongo todos los artículos que creo que debo leer pero que casi nunca leo. Se trataba de un artículo de restricción de sueño y de memoria a corto plazo en la Aplysia. Los autores empleaban un protocolo de discriminación de estímulos que no conocía. Cuando intentaba entender el protocolo –la Aplysia debía aprender a discriminar entre un alimento estándar “accesible” y otro alimento apetitoso “inaccesible”–, comenzó a temblar. Se sintió como si un enorme gusano atravesara los cimientos del edificio S. 

Salí del cubículo lo más rápido que pude, quería llegar a la zona de seguridad que no quedaba a más de diez metros, pero la sacudida del edificio era tan fuerte que no pude dar más de dos o tres pasos. Todas las cosas que tenía presentes desde las cuatro de la mañana, por haber estado leyendo noticias sobre el terremoto de 1985, me pasaron por la cabeza. Parecía absurdo, parecía irreal, parecía una pesadilla. ¿Quién habría imaginado que temblaría justamente ese día, cuando se cumplían 32 años del terremoto de 1985, justamente unos minutos después del macrosimulacro que había servido para concientizar a la gente sobre ese terremoto...?

El movimiento se intensificó y entonces, como si un experto en condicionamiento clásico hubiera querido usarnos como sus conejillos de indias para demostrar cómo se fortalece la asociación entre un EI y un EC, si el EC ocurre mientras transcurre el EI, comenzó a sonar la alerta sísmica –wah, wah, wah–, y, casi de inmediato, se escucharon gritos y estructuras metálicas retorciéndose. A unos metros de la puerta del cubículo, a mi izquierda, había un grupo de personas que se sujetaban a una de las columnas de concreto del pasillo. 

A mi derecha también había un grupo de gente abrazándose a otra de las columnas del pasillo, y traté de caminar hacia el grupo que estaba más cerca de mí, a la izquierda, pero el terremoto era tan fuerte que ni siquiera podía mantener el equilibrio. En ese grupo de la izquierda estaba una investigadora que conocía desde hacía 10 años y que de pronto había dejado de hablarme. Más o menos sabía que ella se había quejado de mí en una junta de departamento, que había dicho que yo había saboteado los experimentos de sus estudiantes. No era cierto. Más bien, sus estudiantes casi no corrían experimentos y, cuando lo hacían, ocupaban todo el bioterio sin avisar y durante cuatro o cinco horas consecutivas, estropeando los experimentos de todos los que teníamos animales en el bioterio. En fin, me daba igual que ella y que sus estudiantes me hubieran dejado de hablar, pero era incómodo cuando sus amigos investigadores (con quienes yo nunca había tenido problemas) me negaban el saludo porque se habían solidarizado con ella. 

Bueno, esta investigadora estaba allí, en la columna de la izquierda, y se veía muy asustada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos y me pareció insignificante tener un problema con ella; ni siquiera lo pensé: simplemente supe que nunca entendería por qué la gente es así; porque, pudiendo quejarse directamente contigo –o aclarar alguna situación contigo–, prefiere acusarte; por qué, aun cuando uno se concentra en su trabajo y evita los conflictos y los chismes de pasillo, siempre habrá alguien que encuentre la oportunidad de poner palabras en tu boca, de echarte la culpa de algo, de justificarse, y sacar provecho de ello.

A unos metros del grupo de la derecha, estaba G. Él también se veía muy asustado. Era una persona muy optimista y siempre sonreía, pero, en ese momento, se veía muy mal. Pensé en que no le preocupaba tanto su situación, sino que estaba preocupado por A y por sus hijas. A –su pareja–, en ese momento daba una clase en otro edificio de la universidad y sus hijas estaban en sus escuelas, en Coapa, a kilómetros de distancia de la universidad. 

Me puse a pensar en Katz y en los gatos, y de pronto me di cuenta de que yo mismo ya me encontraba en la columna de la izquierda, sujetando por la cintura a una chica que había visto varias veces en la universidad. La ubicaba de vista, varias veces nos habíamos topado en los pasillos de ese edificio, pero nunca habíamos cruzado palabra alguna. Me pareció escalofriante que los dos pudiéramos acabar sepultados entre los escombros del edificio S sin saber siquiera nuestros nombres, o que los supiéramos, precisamente, en esas condiciones tan horrendas. Deseé que ella se transformara en Katz y que al menos Katz y yo estuviéramos juntos en ese momento tan horrendo, y tuve la certeza de que todos los que estábamos allí –G, la investigadora que no me hablaba, la chica que había visto tantas veces en los pasillos de la universidad–, mientras el edificio S continuaba sacudiéndose terriblemente, de una u otra manera, habíamos pensado en cosas similares: que el edificio no resistiría el terremoto, que se caería en cualquier momento y que ya nos habíamos preguntado si nuestros seres queridos se encontraban a salvo. 

Los gritos continuaban, por ahí alguien rezaba en voz baja, el sonido de la alerta sísmica continuaba, y todos estos sonidos eran aterradores, pero no tan aterradores como el sonido que hacían las tuberías y las varillas del edificio. Hubo 
una sacudida más violenta que las anteriores, y entonces se derrumbó una pared muy cerca de nosotros y luego se rompieron unos cristales. Creí que ese era el principio del fin, que el edificio S caería pronto, que esas eran las señales del principio del fin, como en los documentales sobre terremotos en los que te muestran cómo se desploman los edificios en cuestión de segundos y cómo todo comienza con un pequeño derrumbe y cómo después todo el edificio se desploma, como en efecto dominó. 

Volví a pensar en Katz y en los gatos. Se suponía que ella iría a verme a la universidad, a la hora de la comida, y que después de comer iríamos a ver a uno de sus primos a La Roma. Vivíamos en el quinto piso de un edificio de departamentos, a veinte minutos de la universidad. 

Paulatinamente todo se fue deteniendo, como cuando estás ebrio y poco a poco recuperas tu sobriedad. Volví al cubículo por mis cosas y salí del edificio sin ninguna precaución y bajé a la explanada de la universidad y traté de llamar a Katz por teléfono. Había decenas de personas intentando comunicarse por teléfono con otras personas. Aún nadie sabía cuáles habían sido las dimensiones del terremoto, pero todos sabíamos que no se había tratado de un terremoto cualquiera.  

Mi teléfono no tenía línea. 

Miré alrededor. El mural de Arnold Belkin, el que está en la entrada principal del edificio S, el mismo mural que vi cuando visité por primera vez ese edificio de la UAM Iztapalapa, por allá del 2009, cuando apenas iba a ingresar al doctorado en la UNAM y necesitaba una firma del Dr. Javier Velázquez, que formaría parte de mi comité tutoral. El mural de Belkin tenía dos fisuras enormes. Estaba dividido en tres partes.  

Intenté llamar de nuevo a Katz, pero el teléfono seguía sin señal. 

Salí de la universidad. En la calle había mucho tráfico y mucho ruido y mucha gente. Los camiones de transporte público y los taxis y las patrullas y las ambulancias y los coches de bomberos pasaban a toda velocidad. Algunos automóviles particulares hacían paradas y subían a algunos peatones. No habían transcurrido ni 10 minutos desde el principio del terremoto y, al menos esa parte de la ciudad, ya estaba de cabeza. Traté de hacerle la parada a un taxi o de subirme a un camión de pasajeros, pero fue inútil. Había pocos taxis en circulación y los pocos que pasaban ya estaban ocupados. Con los camiones pasaba lo mismo.

Caminé como una hora hasta Rojo Gómez y luego hasta Parque Tezontle. Estaba exhausto. Una y otra vez intenté llamar por teléfono a Katz, pero el teléfono seguía sin línea. Sólo quería llegar al departamento y saber que ella y que los gatos estaban bien.

En algún punto me detuve afuera de una tienda de abarrotes en la que se escuchaba la radio. El dueño de la tienda salió y quién sabe qué semblante me vio, pero me preguntó si quería agua, y me dijo que era gratis. Le dije que no. Mientras me concentraba en las noticias, él me dijo que en la radio habían dicho que el terremoto había estado peor que el de 1985. Estábamos así, cuando la locutora de la radio dijo que se habían caído varios edificios en La Colonia Roma. Intenté otra vez llamar a Katz por teléfono. Nada. El teléfono seguía sin línea.

Tardé casi dos horas en llegar al departamento, y ocurrieron miles de cosas más, pero esta entrada ya es muy larga, así que sólo diré que Katz y que los gatos tampoco la pasaron bien durante el terremoto –el edificio se movió de un lado a otro, los niños de la primaria junto al edificio lloraron y gritaron, los gatos se asustaron y se escondieron en la parte más alta de los clósets de las recámaras, Katz se metió a un clóset y también creyó que el edificio se caería–, pero que todos, afortunadamente, estaban sanos y salvos.

Han pasado cinco años desde ese terremoto (Katz, los gatos y yo ya ni siquiera vivimos en la CDMX), el edificio S de la UAM Iztapalapa ya no existe (sufrió daños estructurales en ese terremoto del 2017 y ya lo demolieron), este lunes 19 de septiembre del 2022 volvió a temblar a la una de la tarde, después de un simulacro, y yo estaba también en una universidad (como hace cinco años), ahora en el segundo piso de un edificio nuevo y a punto de impartir una clase, y en otro limbo académico (ya no como posdoc), pero esa es otra historia.

viernes, septiembre 02, 2022

Nunca puedo escribir cuando leo a Philip K. Dick


Llega esta hora en la que quiero escribir, en la que estoy convencido de que voy a escribir, esta hora que he esperado toda la semana, esta hora para la que me he preparado mentalmente toda la semana, esta hora que me ha permitido soportar las cosas horribles de toda la semana. 

Apagué el teléfono y me encerré en el estudio. Abrí una botella de vino y puse música para entrar en la zona. Encendí la computadora. Abrí el archivo Word. Sin embargo, mientras le doy el primer trago a la botella, se me ocurre leer a Philip K. Dick –apenas unas cuantas páginas, de un libro que voy leyendo en mis ratos libres, antes de dormir, después de correr, un libro sobre la distopía, un libro en el que los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial–, y todo vale madre.

Nunca he compaginado con él. No sé por qué. Todas las veces que he leído alguna de sus obras, me cuesta mucho trabajo seguirlas. Es como si leyera, sin leer. Es como si corriera sin rumbo fijo. Me gusta su narrativa, me gustan sus ideas futuristas, me gustan sus escenarios... pero todas las veces que lo he leído me ha costado mucho trabajo escribir. 

Y así estoy hoy. Con metas, con planes, con expectativas... pero no puedo pasar de un párrafo. Y estoy pensando en tonterías. ¿Por qué comento en las redes sociales de amigos que nunca contestan? No necesito comentarles nada. No me importa lo que piensen. ¿Por qué comento algo, si no me importa? ¿Evado mis propias angustias en las redes sociales? ¿Por qué pienso en estas personas que se solidarizan con la medianía? ¿Por qué?

sábado, agosto 13, 2022

Cortada


Apenas siento una ligera punzada en el dedo, sé que me he cortado. La sangre cae a borbotones en el fregadero y todo se tiñe de un rojo diluido con agua y con cloro y con jabón para lavar trastes. El dolor es tan intenso que imagino una cortada profunda, del tamaño de un cráter. 


Me siento tan estúpido. Sabía que esto podía pasar. Mientras lavaba las treinta cucharas, los veinte tenedores y los diez cuchillos, los cuatro toppers, los dos vasos, las dos tazas, los dos platos largos y los dos platos cortos que nada más usamos Katz y yo en la comida y en la cena –y no podía creer que hubiéramos usado tantos trastes sólo dos personas, en dos comidas– y me preparaba (mentalmente) para lavar, con otra esponja, las latas de comida blanda de los gatos –separamos la basura y no nos gusta dejar residuos de comida en las latas–, me decía a mí mismo que debía ser muy cuidadoso para evitar cortarme con alguna rebaba de las latas de Royal Canin. 


Quería terminar de lavar los trastes cuanto antes –mentiría si dijera que lavar los trastes se encuentra en el top 5 de las cosas que más me gusta hacer– y continuar ensayando esa canción de Stone Temple Pilots que empecé a tocar hace dos días en la guitarra eléctrica, y tan sólo me descuidé un par de segundos, y aquí estoy, con una cortada en el índice izquierdo que parece tan profunda como un cráter, sintiéndome estúpido, y sintiendo un dolor muy intenso y terminando de lavar la lata y mi dedo al mismo tiempo, luchando por detener la copiosa cantidad de sangre que no deja de teñir de rojo el fregadero y el resto de los trastes. 


Más o menos consigo que el dedo deje de sangrar y ahora no puedo evitar enfocarme en el dolor. Es como si, al detener la pequeña hemorragia, me hubiera quitado de encima una venda de los ojos y entonces le hubiera facilitado al dolor su llegada hasta mi conciencia. 


La herida me escuece y me arde como si me hubiera mordido un feroz animal con colmillos punzocortantes –como la mordida de aquella Wistar que un descuidado compañero de laboratorio, hace muchos años, me pidió que alimentara mientras él estaba en un congreso en el extranjero, sin decirme que la rata tenía varios días sin comer–, y la sensación me hace pensar en algunas cosas que están ocurriendo para que yo tenga esta conciencia del dolor: pienso en mis receptores sensoriales de la piel y pienso en los axones que llevan la información desde los receptores hasta la médula espinal, y pienso en los axones que llevan la información desde la médula espinal hasta la corteza somatosensorial. 


Simultáneamente, veo por primera vez las dimensiones de la herida: es una línea de apenas medio centímetro que corre perpendicularmente a la unión entre la falange distal y la falange media del índice izquierdo. Ahora, más que en el dolor, me enfoco en un pensamiento catastrófico: quizá la herida me impedirá tocar la guitarra por algún tiempo. Mentalmente, repaso, de la misma forma en que hacía cuando estaba en el doctorado y ensayaba cómo tomar las pinzas Kelly con la navaja y con el hilo para suturar a las ratas después de una cirugía estereotáxica –me tomó varias semanas aprender a hacerlo, porque todas las personas que me enseñaban a hacerlo eran diestras–, cómo uso mi mano izquierda, y cómo uso cada uno de los dedos de mi mano izquierda, para tocar la guitarra eléctrica. 


Me bastan unos segundos para darme cuenta de que he exagerado: como soy zurdo, sólo debo tomar la púa con el pulgar y con el índice izquierdos –nunca he aprendido a tocar arpegios– y quizá eso me provoque cierta incomodidad, pero nada que no pueda solucionarse con una bandita que cubra la herida; si fuera diestro, la situación sería totalmente distinta. Por fin: una ventaja de ser zurdo. 

domingo, julio 31, 2022

Un trabajo de verdad


Sonó el teléfono. 

El ringtone me asustó y me sacó del letargo –de la morosidad–, de estar sentado frente al televisor durante aproximadamente cuarenta minutos, en una posición que sin duda dañaría mi columna vertebral a largo plazo, medio viendo por enésima ocasión un capítulo de Your honor y pensando en mil y un cosas al mismo tiempo, mientras me negaba a admitir que los análisis de sangre de los días previos habían mostrado que tenía los niveles de glucosa altísimos, como los niveles de glucosa (en ayuno) de un diabético. 

Al ver los análisis y pedirle su opinión a mi cuñada (es médica), después de pasar por la negación de esa posibilidad, había pensado en mi abuelo diabético, en su prematura muerte antes de los sesenta años de edad, y había considerado que era su herencia maldita y en que él no quiso disciplinarse ni renunciar a su actitud hedonista (otra potencial herencia maldita de mi abuelo); y me había preguntado por qué él no me había heredado mejor una pequeña fortuna o una empresa o una casa o un departamento, en lugar de una enfermedad neurodegenerativa, pero también había considerado que más de medio año de clases en línea, que más de medio año de trabajo en línea, que más de medio año pegado a la computadora durante más de diez horas diarias, que más de medio año de sedentarismo, que más de medio año de comida chatarra, que más de medio año de azúcares líquidos indiscriminados, que más de medio año encerrado en mi mundo –Katz y los gatos; prácticamente, nula socialización–, provocados por la pandemia, finalmente me habían cobrado factura. 

Me busqué el teléfono en el bolsillo derecho de mis pantalones (soy zurdo, pero quién sabe por qué siempre lo guardo allí y por qué coloco mi cartera en el bolsillo izquierdo), intentando adivinar quién quería hablar conmigo en ese momento: las seis de la tarde de un jueves de julio del 2021. Quienes me conocen y quienes me tratan día a día, no me llaman por teléfono nada más porque sí. Todos son sumamente atentos y respetuosos (a lo mejor creen que soy un neurótico que puede estallar a la menor provocación y que deben tomarse sus precauciones conmigo, pero juro que no siempre estoy enojado), y antes me mandan un Whats preguntándome si tengo algunos minutos para atender una llamada. (No tienen por qué saber que no me gusta hablar por teléfono, excepto si es muy urgente; repito: son extremadamente atentos y respetuosos). Sólo Katz (a ella le permito todo) y mi papá y mis hermanos me llaman por teléfono en cualquier momento (e incluso ellos respetan mi privacidad y mi trabajo, y nunca llaman cuando estoy en clase o en alguna junta).

Continuaba tratando de sacar el teléfono de las profundidades del bolsillo derecho de mis pantalones, imaginando que debía de ser una llamada muy urgente, pensando en la escoliosis de Kurt Cobain, que le agravó el peso de sus guitarras, concierto tras concierto, desde la gira de Bleach, en la costa Oeste de Estados Unidos y en Europa, hasta la explosión de Nevermind en el mainstream de los primeros años de la década de los noventa, y de sus entrevistas, como adicto confeso a la heroína, para MTV en la gira de In Utero, cuando finalmente lo conseguí: tomé el control remoto de la tv, le puse “muting” al televisor y revisé el teléfono. 

Era el dentista. Lo había contactado apenas tres semanas antes para que me revisara. Alguien, que lo había localizado en un momento “de vida o muerte”, me lo había recomendado. Tenía algunas semanas con las encías inflamadas y sangrantes, y quería saber la opinión de un experto. 

En la primera consulta, más o menos dos semanas antes de la llamada, el dentista me había dicho que tenía que extraerme una muela del juicio y me había mandado a hacer algunos análisis. Una semana antes de la llamada, en su consultorio, con los análisis en la mano, me había diagnosticado periodontitis y me había dicho que esa enfermedad podía estar asociada con los altos niveles de glucosa que habían mostrado los análisis de sangre. Unos días antes de la llamada, me había extraído una muela del juicio.

Aprovechando mi segunda visita a su consultorio, antes de la extracción de la muela, me realizó una limpieza con esos infernales taladros que van tallando las piezas dentales, que duelen como una marca de hierro y que despiden un peculiar aroma a quemado y a metal (y que me remontaron a mi infancia), y también me vendió un dentífrico y un enjuague bucal, presumiéndome un diplomado en el que había hablado recientemente (me dio flojera decirle –no encontré razones para contarle– que, desde el 2012, he sido invitado a hablar en diplomados y que tengo más de quince años impartiendo clases a nivel licenciatura). 

El día de la extracción de la muela del juicio, llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, y se excusó. “Se le había hecho tarde porque había mucho tráfico y porque alguien se había estacionado en la entrada del estacionamiento del consultorio”. Por todo su trabajo –de 30 ó 40 minutos, sin descontar su impuntualidad–, me cobró alrededor de $3, 000 MXN. En total, por esas tres consultas, en dos semanas, ya le había pagado casi $10, 000 MXN. 

Al regresar a revisión después de la extracción, me dijo, tras una minuciosa inspección en las cavidades de mi boca, que necesitaba extraerme una muela inservible, urgentemente. También me dijo que me convenía que me extrajera esa muela inservible y que me convenía agendar una cita con una endodoncista amiga suya para que me restaurara esa muela inservible. Me advirtió que esa muela me daría problemas más adelante. Me hizo una cotización: alrededor de $20, 000 MXN por todo el trabajo, por seis o siete –máximo diez– horas de su trabajo. Al decírmelo, me miró de arriba abajo y me dijo, de un modo que sonó falso y conciliador, que podía pagarle en plazos. No lo culpo. Todos tenemos sesgos cognitivos. Después de más de un año de pandemia y con más de ocho meses sin cortarme “profesionalmente” el cabello, yo traía el cabello largo y descuidado; como siempre, traía mis dos aretes en el lóbulo izquierdo (esos que algunos colegas no dejan de mirarme, inconsciente e insistentemente, cuando platicamos en los pasillos de la universidad); como casi siempre que no estoy dando clase o en la universidad, traía una camisa “grunge” un poco vieja –de esas que H&M o American Eagle anuncian como “camisas de leñador”–, y, debajo de esa camisa, traía una vieja playera estampada con el rostro de Syd Barrett, y también traía unos pantalones de mezclilla raídos y unos tenis. Él, a diferencia de mí, era lo que podría decir tu abuelo que consume mucha tv: “una persona de bien”: cabello corto estándar, ropa formal estándar, zapatos formales estándar y lentes de aumento, de persona que “se quema las pestañas, estudiando”. 

Tomé la llamada. El dentista me dijo que me mandaría un video al Whats en el que me explicaría cómo cepillarme los dientes (obviamente no tenía que llamarme para eso), y también me recordó que me sugería agendar otra cita con él cuanto antes para que me extrajera la otra muela inservible y para que su amiga endodoncista procediera a repararme esa pieza dental, con residuos de mi propia muela inservible (realmente, el leitmotiv de la llamada), o algo así. Obviamente, no preguntó si estaba ocupado, o si tenía tiempo, ni si podía contestarle la llamada en ese momento. Nada. Y no me sorprendió. Cierto: podía interesarle mi salud, pero yo también sospechaba que, más bien, él quería cambiarle las llantas a su Sentra orange metallic –el que no pudo estacionar porque alguien se había estacionado en la entrada, cuando llegó 30 ó 40 minutos tarde a su propio consultorio, cuando me extrajo la muela–, o algo así. Me cayó mal.

De por sí, en la primera consulta, cuando me había hecho la plática, ya me había caído mal. Para empezar, yo había tenido que ajustarme a su horario de trabajo. Nunca me preguntó a qué hora podía asistir a su consultorio; simplemente dijo: “puedo tal día, a tal hora; te espero tal día y a tal hora”. Estaba tan preocupado cuando lo contacté, que no analicé sus imposiciones. Esto fue extraño para mí, pero lo dejé pasar. Toda la gente con la que trabajo –a pesar de que casi todos tenemos los mismos grados académicos– es atenta y respetuosa del tiempo de los demás: siempre que agendan una junta, lo hacen con anticipación y siempre preguntan por tu disponibilidad de tiempo. Este cretino asumió que me urgían sus servicios y que debía ajustarme a sus tiempos. Sin más. 

En su consultorio, mientras le transfería el monto de sus servicios en la aplicación del teléfono, de 30 ó 40 minutos de su tiempo, me preguntó a qué me dedico, e insinuó que, su trabajo, a diferencia del mío, “sí era un trabajo de verdad”. Y ahí estaba la muestra, en ese jueves por la tarde: yo, el dentista, te llamo cuando quiera, porque sé que no tienes nada realmente importante que hacer.

Insistió en la llamada, con ese tono falso y conciliador que conocía y que él había usado para asumir que yo no tenía dinero para pagarle (¿por qué debería haberle hecho saber que sí tengo dinero, que he decidido tener siete guitarras eléctricas que cuestan lo mismo que su Sentra orange metallic, y un montón de libros de autores que, probablemente, no mencionan sus amigos dentistas a los que ve en los conciertos de piano a los que asiste su hija, cada semana, y que me resisto a caer en la inercia de disfrazarme de “una persona de bien” y que me vale madre que mis vecinos crean que soy, o no, “una persona de bien”?), y volví a decirle que lo pensaría mejor. Tuve que inventarle que estaba en una junta importantísima y que no podía hablar más tiempo. 

Al día siguiente, me mandó otra cotización al correo-e y le contesté que tenía que pensarlo otra vez. (Prefería comprarme otra guitarra eléctrica de gama media, que llenarle los bolsillos). Tres días después me mandó otro Whats. Ahora me invitaba a leer un artículo en el que se mostraba la necesidad de la extracción de muelas inservibles. Le contesté el Whats y le dije que agradecía su información. Ya pasó más de un año de ese Whats. Cambié mis hábitos –dejé de comer comida chatarra y corro 5 ó 6 kilómetros al menos tres días a la semana– y ya no he tenido problemas dentales. El dentista nunca contestó ese último Whats –es más: ni lo leyó; sigue allí, en espera de ser leído por él–, pero te apuesto a que si le mando un Whats ahora mismo y le digo que quiero agendar otra cita con él para que me extraiga esa muela inservible, me va a llamar por teléfono de inmediato, hoy, domingo 31 de julio del 2022, a las ocho y media de la noche. 

miércoles, julio 27, 2022

Superficie de madera y de formica, repisa de metal y lámpara


Hoy es lunes 25 de julio del 2022, y es el último día que pasamos juntos. 

Llegaste a mi vida una tarde de sábado o de domingo de 1995, cuando estaba en la prepa. Mi papá te compró en un Wal Mart, o algo así. Tu instructivo no era de fácil lectura; parecía un código secreto para construir una bomba casera, o algo similar, pero te armé por intuición, casi de inmediato. 

Aún recuerdo una de las primeras veces en las que conectamos. Puse un libro encima de ti, de tu superficie de madera y de formica, y encendí esa lámpara que venía contigo y fingí estudiar para un examen de Química. Era domingo, como a las once de la noche, y el examen era al día siguiente, a las diez de la mañana, y yo no entendía nada. 

Otras veces también conectamos, cuando me ponía a hacer alguna tarea por las tardes. En particular recuerdo una tarea de Derecho. El libro de texto era tan aburrido que terminé poniéndome los audífonos y dándole play a un cassette en el walkman, y soñando despierto con el último concierto de Nirvana en Milán –grabado con sonido de consola apenas en febrero de 1994, distribuido ilegalmente por una compañía rusa y adquirido por un conocido en El Chopo–, imaginando cómo habría sido mi vida en ese preciso momento (y cuál habría sido el curso de la música en ese momento), si Kurt Cobain no hubiera decidido volarse los sesos. 

Generalmente te usaba para escribir canciones tontas para las chicas listas que me gustaban y que nunca me correspondían, o que inventaban ser madres solteras y no estar buscando una relación con alguien tan poca cosa como yo, o que tenían novio y que me llamaban por teléfono a escondidas y que salían conmigo a escondidas, o que me besaban enloquecidamente en la penumbra del auditorio de la escuela mientras sus novios interpretaban a Poseidón en una obra de teatro, o que me hacían sentir tan bien que me asustaban y que me hacían huir de inmediato, o que simplemente eran parte de una relación que transcurría con tanta facilidad que me aburría, tal y como me aburría ese libro de texto de Derecho.

¿Cuántas horas de mi vida pasé escribiendo a mano en tu superficie de madera y de formica? 

Luego te abandoné durante algunos años en la universidad, pero, poco antes de conocer a Katz, lo que hacía principalmente era escribir y colocaba una libreta en tu superficie de madera y de formica, y escribir. Volvía de la escuela a la casa de mis papás y me encerraba en la recámara y trataba de encontrar cierto orden en el caos. 

Daban las tres de la mañana y ya tenía la mano acalambrada y manchada de tinta, y entonces me salía a fumar un Camel y luego me tumbaba a dormir en la cama, intentando recordar las palabras precisas que había usado.

También te usaba para poner encima de ti los libros de todos esos autores y materiales que leí en mi adolescencia: Gunter Grass, Dante, Patricia Highsmith, Goethe, Baudelaire, Shakespeare, Virginia Wolf... las letras del booklet de Mellon Collie & The Infinite Sadness...   

Tu superficie de madera y de formica era de color blanco, pero una vez te pinté con pintura de aceite. En un arrebato, un día que me sentía frustrado y que quería desaparecer, un día en el que la frustración hacía añicos mi mente, te rayé como si fueras la pared de una prisión en una cárcel, y me arrepentí y quise borrar mi delito. Te pinté de color negro.