jueves, abril 05, 2018

Es mejor quemarse que desvanecerse


Camina encorvado y con la cabeza baja, como se le verá en Live Tonight Sold Out (el VHS que será lanzado en noviembre de 1994, que ha sido concebido por él y cuyo propósito es documentar la trayectoria de su banda), en el clip donde acaban de tocar Territorial Pissings en el show de Jonathan Ross.

El público y la producción no pueden creer que hayan hecho lo que se les dio la gana. 

Tenían la instrucción de tocar una versión "amistosa" de Lithium.

Le ha contado a Michael Azerrad que camina de ese modo porque tiene un problema en la columna vertebral –escoliosis congénita– y que el continuo peso de la guitarra lo ha agravado.

Sus admiradores están acostumbrados a verlo caminar de ese modo cuando abandona el escenario y ha destruido una  Fernandes (gira de 1991) o una Stratocaster (gira de 1992) para dar por concluido un concierto. 

Jamás destruye la Mustang que portó durante la grabación del video de Smells Like Teen Spirit, ni la Jagstang que Fender diseñó exclusivamente para él.


La destrucción forma parte de la música de Nirvana. 

Endless, Nameless –la pista secreta de seis minutos y medio al final de Nevermind, con la que acostumbraban terminar sus conciertos hasta la gira de 1992 por Australia– fue resultado de su frustración al no quedar satisfecho con las voces y la guitarra de Lithium y destrozar una Stratocaster negra y de golpeador blanco contra el piso del costoso estudio de grabación. 

A la televisión francesa le dijo en una entrevista que destroza instrumentos porque es un buen pretexto para no tener que dar encore. 

A otros medios de Estados Unidos les dijo que alguien ya había destruido un árbol para construir sus guitarras y que por esa razón no encuentra nada de malo en destrozarlas. 

A partir de 1993, John Duncan –su técnico de guitarra– se encarga de arreglar, afinar y modificar todas las guitarras que Cobain destruye al final de los conciertos.

Él mismo lo hacía antes de volverse mundialmente famoso, en la época en que compró la Jaguar '65 con un adelanto de Geffen. 

Duncan asegura que Cobain está por abandonar Stratocaster. 

Courtney Love le regaló una Telecaster y Duncan la ha adaptado con todos los cambios que el líder de Nirvana le ha sugerido. 


Lleva puestas unas gafas vintage Christian Roth*, un gorro de los Buzzcocks, una playera de Half Japanese, una chamarra de esquimal, unos jeans raídos y unos Converse. 

En un lapso de tres años, desde que Nevermind (1991) –el segundo álbum de estudio de su banda– le arrebató el primer lugar de la lista de Billboard al Rey del Pop, se ha encargado de repetirle a la prensa que nunca quiso ser una estrella de rock y que odia los reflectores.

Su vestimenta dista mucho de ser lo que cualquiera consideraría "bajo perfil". 

Además, no importa qué tan discreto vista. 
En ese momento es quizá la persona más conocida en todo el mundo. 

Tiene tantos admiradores que puede darse el lujo de exigirles a aquellos que son homofóbicos, misóginos, machistas y fanáticos religiosos que dejen de asistir a sus conciertos y que dejen de comprar sus discos.

Es tan famoso que cualquier declaración suya es noticia. 

Habla de sus problemas de adicción a la heroína y luego se queja de la prensa amarillista que ha inventado historias acerca de él y de su esposa y que los señala como criminales.

En algunos medios, circula una grabación telefónica en la que amenaza de muerte a una columnista de Vanity Fair.


En un lapso de tres años, Nirvana ha tocado para miles de personas en eventos tan importantes como Reading Festival (1991 y 1992) y Hollywood Rock (1993).

Su banda ha encabezado festivales en Europa, en Sudamérica y en Australia.

En los últimos dos meses de 1993, tocaron para MTV en los estudios de Sony en Nueva York y en el Pier 48 de Seattle. 

Apenas en marzo, Cobain canceló la gira de In Utero en Europa, después de un extraño concierto con laringitis y fallas eléctricas, en la terminal aérea abandonada de Münich.

Sus mánagers lo presionan para que no rechace la oferta multimillonaria de Lollapalooza.
Su mujer insiste en que firme ese contrato, porque le hará ganar tanto dinero que podrá renunciar a Nirvana e incluso pagarle a los abogados que lo demandarán por haber cancelado la gira en Europa. 

Cobain ni siquiera ha cumplido treinta años y ya tiene al mundo rendido a sus pies.
Aun si abandonara la música, seguiría siendo famoso.

David Fricke –uno de los periodistas más influyentes de Rolling Stone–, lo ha comparado con John Lennon.

Los periodistas más ortodoxos no están de acuerdo, pero Fricke se defiende.

Dice que Cobain no sólo hace música que llega al corazón de las masas, sino que la hace sin respetar las reglas establecidas por la industria predadora, tal y como Lennon lo hacía en su época. 


Cobain le ha repetido a la prensa que toda su vida había estado enfermo y que había usado drogas para lidiar con el dolor, porque ningún tratamiento médico había funcionado.

También ha repetido que había decidido volverse un drogadicto porque había sido tan miserable que todos los días pensaba en acabar con su vida. 

Sin embargo, sus declaraciones cambiaron desde el lanzamiento de In Utero (1993). 

Frances Bean, su hija, tiene dos años de edad, y lo hace muy feliz la oportunidad de verla crecer y de ofrecerle un hogar como el que él perdió cuando sus padres se divorciaron, tal y como lo canta con un cierto hartazgo en Serve The Servants. 

Está entusiasmado porque Krist Novoselic y Dave Grohl compusieron el riff de Scentless Apprentice y porque él no intervino en la composición de Marigold. 

En las pruebas de sonido de un concierto en Lisboa, escuchó una canción compuesta por Dave Grohl y está seguro de que, en su siguiente álbum –que ha prometido "será más etéreo que los anteriores" y que dejará a un lado "la fórmula Nirvana"–, la música de su banda ya no dependerá exclusivamente de él. 

Exhausted terminará en el primer álbum de los Foo Fighters.


Hace menos de un mes, días después de la cancelación de la gira europea, Kurt terminó en el hospital. 

Se reunió con Courtney en El Hotel Excelsior de Roma y mezcló accidentalmente alcohol con rohypnol y tuvo que ser intervenido de emergencia. 

Según algunos medios, estuvo en coma alrededor de veinticuatro horas. 
Según los médicos, cuando despertó se le veía feliz y más como una persona que disfrutaba jugar con su hija que como un suicida. 

A nadie, dentro de la órbita de Nirvana, le convenía que el Departamento de Protección de Menores tuviera motivos para quitarles la tutela de Frances Bean a él y a su esposa. 

Si Cobain hubiera sufrido otra separación de su hija, habría sido más difícil convencerlo de que saliera de gira. Poco después de que naciera Frances Bean, a él y a su esposa les retiraron la tutela, debido a una nota de Vanity Fair en la que se sugería que Love consumía heroína durante su embarazo. Él desapareció de los reflectores. 

Todo es una vorágine. 

Sólo uno de los tíos de Kurt murió accidentalmente por un disparo de escopeta, cuando él ni siquiera había nacido, pero durante tres años Courtney Love se ha encargado de esparcir rumores entre la prensa, acerca de los genes suicidas de la familia Cobain. 

El incidente en Roma reforzó esa idea.

La opinión general es que Kurt siempre ha sido un suicida. 

Extrañamente, el Departamento de Protección de Menores creyó ciegamente la versión del accidente en Roma.

Sus amigos y sus conocidos, sin embargo, siempre dicen que él no tiene rasgos suicidas. 


Dentro de unas semanas, la prensa amarillista especulará que debido a este incidente, Cobain sufrió un daño cerebral que le impidió volver a tocar la guitarra y que su muerte era la única opción que tenían los mercenarios detrás de él para mitificarlo y seguir viviendo de las ventas de sus discos. 

Más de veinte años después, en Montage Of Heck –el documental autorizado por su viuda y producido por Frances Bean–, Courtney Love declarará que ella viajó hasta Roma en esa ocasión para encontrarse con su esposo, porque él sospechaba que ella había estado viendo a Billy Corgan mientras Nirvana estaba de gira en Europa.

Según ella, Kurt estaba destrozado y pensaba que ella lo estaba engañando y por esa razón había intentado acabar con su vida, mezclando benzodiacepinas con champaña.  

El incidente en Roma reforzará esta idea, incluso veinte años después de su muerte. 


Desde que regresó a Seattle, tras permanecer en observación unos cuantos días en El American Hospital de Roma, su familia y sus amigos lo han presionado para que ingrese a un centro de rehabilitación. 

Les preocupa su salud, pero es obvio que les preocupa, sobre todas las cosas, que el imperio de Nirvana se desmorone.

Hay algunos rumores entre gente cercana a la banda que señalan que Kurt despidió a Novoselic y a Grohl, a finales de marzo, y que les dijo que Nirvana es su banda y que él puede hacer lo que quiera con ella y que estaba pensando seriamente en invitar a otros músicos a formar parte de ella. 

Años después, circulará una carta de puño y letra de Kurt en la que despide a Novoselic y le reclama su pasividad hacia la banda, durante los últimos meses. 


También está cansado de que Buzz Osborne –su amigo y cantante de Melvins– quiera entrometerse en la dirección que debe tomar su banda. 

La tensión es tan fuerte que, sólo unos días atrás, Novoselic y él se pelearon. 

El bajista de Nirvana lo llevaba en su auto al aeropuerto de Seattle para que viajara a Los Ángeles e ingresara a Exodus. Kurt se quejó y lloró en el camino, se rehusó a hacer check-in en el aeropuerto, le dio un puñetazo a Novoselic en el rostro y huyó maldiciéndolo.

Será la última vez que se verán.

Otros rumores circulan entre allegados a la familia Cobain.

Kurt quiere hacer canciones como Neil Young y tiene pensado colaborar con Michael Stipe.

Según su abogada, Rosemary Carroll –esposa de Danny Goldberg, mánager general de Nirvana–, Kurt ha pensado en el divorcio y quiere cambiar su testamento. 


Cobain continúa caminando con la cabeza baja y encorvado. 

La escoliosis congénita no lo deja en paz.

Algunos admiradores lo identifican. 

Les sonríe y ellos, curiosamente, respetan su privacidad. 

Se quita el gorro de los Buzzcocks. 

Incluso para tratarse de un lunes de abril y de haberse mudado a su casa en Lake Washington a principios de año, Kurt Cobain es un personaje al que se ve con relativa frecuencia por allí. 

Su casa queda a unas cuadras del Viretta Park.

Si los admiradores supieran que ésta será la última vez que lo verán por allí, probablemente lo acosarían en busca de un autógrafo o de un mechón de cabello. 


El líder de Nirvana levanta la vista momentáneamente y se rasca la cabeza.

Parece que ha recordado algo importante a última hora y que está a punto de volver a su casa.

Quizá sólo le da comezón la cabeza. No se ha lavado el cabello desde el sábado, cuando escapó de Exodus. Courtney Love le ha confesado a la prensa en múltiples ocasiones que su esposo no es amante de lavarse el cabello.

O tal vez ha recordado los acordes de una de las canciones que improvisó con Pat Smear en el sótano de su casa, aquella tarde en la que su familia y sus amigos lo presionaron para que ingresara a un centro de rehabilitación.

A lo mejor la situación es totalmente distinta y sólo siente la necesidad de escribirle una carta a Frances, a Courtney, a Krist y a Dave.

Quizá sólo quiere volver a su casa y tumbarse a dormir.

 

Analiza si continúa su camino o vuelve a su casa, cuando una corriente de aire le pega en el rostro y le alborota el cabello. 

Usa uno de los índices para pasarse el cabello detrás de una oreja y quitarse un mechón que le cubre la frente.  

La sensación del viento en su cuerpo, lo hace reparar en que está vestido como si se encontrara en el invierno más crudo de todos los tiempos. 

También repara en los tres jeans que usa para disimular su delgadez** y en el reloj de pulsera que aprisiona su muñeca izquierda. 

Estira las piernas y abre y cierra el puño izquierdo, mientras contempla el brazalete de Exodus que no se ha quitado aún.

Se ríe. El brazalete le hace recordar el chiste que le contó Gibby Haynes, el cantante de Butthole Surfers y su compañero de habitación.

Pudiendo haber salido por la puerta del centro de rehabilitación, él mismo –al igual que el personaje del chiste– escapó saltando la barda.  


Vuelve a avanzar. 

Le da la impresión de que sus pisadas suenan a papel celofán en el césped, conforme aplastan las hojas caídas de los árboles. 

Baja la mirada y se da cuenta de que la agujeta de su tenis derecho se ha desanudado. 
Se pone de cuclillas y comienza a atarla. 

Los Converse azules que usa tienen una estrella blanca a los costados.

El viernes, cuando Gary Smith encuentre su cadáver y lo reporté a una estación de radio y al 911 y en pocas horas el mundo de la música lamente su pérdida, un paparazzi se subirá a uno de los árboles que rodean el invernadero de su casa y conseguirá fotografiarle un brazo, una pierna y ese tennis cuya agujeta está atándose. 

Por muchos años, esa imagen será lo único que sus admiradores verán de la escena de su muerte, en la que su cuerpo yace en el suelo con una Remington en el pecho, apuntando a su boca.

Aun ahora, veinticuatro años más tarde, es difícil imaginar el estado de su rostro y la posición del cañón de la escopeta. Algunos periodistas amarillistas han hecho hasta lo imposible para que salgan a la luz todas las fotografías de su rostro deshecho. 

Por fortuna, Frances Bean y el Departamento de Policía de Seattle lo han impedido. 

Otras fotografías circularán en los medios, en los siguientes meses: la de su billetera, la de su licencia de manejo en la que luce un extraño corte de pelo y la de una caja de puros Moore, llena de jeringas de 1 ml, cucharas con quemaduras y encendedores.


En unos días, Kurt se convertirá en lo que más odiaba: un cliché del rock n' roll.

Unas horas después de ese macabro descubrimiento, su rostro aparecerá en las portadas de decenas de revistas. Por el resto de los tiempos, estará condenado a aparecer puntualmente, cada 5 de abril.   

La leyenda de su suicidio y de las teorías conspirativas alrededor de su muerte, no cesarán jamás. Alimentarán libros, documentales, cómics, blogs...

Año tras año, millones de adolescentes confundidos e iracundos, se sentirán atraídos por el encanto de su muerte (más que por el legado de su música) y terminarán idolatrándolo y llenando los bolsillos de quienes no se cansarán de explotar su nombre. 

Está tan abrumado que todo le es ajeno.

No imagina el impacto que causaría su muerte en quienes se sienten identificados con su música, en quienes han seguido su carrera, en quienes han oído hablar del concierto de Nussbaum de 1987, en quienes han conseguido una copia de Fecal Matter, en quienes asistieron al Paramount Theatre en la noche de Halloween de 1991, en quienes quedaron atónitos cuando él solo interpretaba Pennyroyal Tea en los estudios Sony de MTV en noviembre de 1993, en quienes jamás asistiremos a un concierto de Nirvana.


Kurt se quita las gafas vintage Christian Roth y las guarda en uno de los bolsillos de su chamarra de esquimal.

Se sienta en una banca del Viretta Park.

Se le antoja un cigarrillo. 

Echa un vistazo alrededor. 
Hay algunas personas por ahí. 
¡Cuántas veces ha deseado pasar desapercibido, como en ese momento!

Su banda es la banda más popular en todo el mundo.
Los momentos como éste son raros. 
La idea lo abruma. 


Le llega a su cabeza el coro de la pista número cinco de In Utero.

Desde hace unos meses, hasta cuando está triste, se siente incómodo y vigilado. 
Muchas personas lo rodean, pero nadie está cerca de él. 
Todos quieren una rebanada de Kurt Cobain y de Nirvana.

Todos quieren pedirle favores. 
Todos quieren explotar la mina de oro. 

Extraña la época en la que podía salir a la calle como cualquier otra persona y componer canciones todo el día en un departamento de Olympia.

Extraña la época en la que su banda tocaba en bares de mala muerte y hacía giras infernales por la Costa Este de Estados Unidos. 



Se coloca un cigarrillo en los labios.

Tiene todo el aspecto de una estrella de rock. 

Es imposible creerle cuando dice que odia la fama y que siempre quiso estar en un segundo plano y ser como Ringo Starr en Los Beatles.

Siempre ha sido evidente que le gusta rodearse de reflectores.

Si odiara tanto la fama, no habría permitido que Michael Azerrad lo entrevistara para que pudiera escribir la biografía autorizada de Nirvana, ni se la pasaría diciéndole a la gente de MTV que necesita tomar un curso que le enseñe a ser una estrella de rock.

Suspira.

Piensa en encender el cigarrillo.

Piensa en la forma de las volutas de humo, esfumándose en la nada.

Esa imagen tal vez lo remite a una pregunta: ¿en verdad es mejor quemarse que desvanecerse, como dice la canción de Neil Young...?



Tal vez reflexiona en los problemas que lo han atormentado en las últimas semanas. 

Todos son recurrentes. 

Se repiten en su cabeza como un delirio febril.

¿Acaso sí tiene un problema de adicción a la heroína, pero no encuentra un motivo para rehabilitarse?

¿Lo único que necesita es alejarse del mundo de Nirvana y olvidarse de la música y de la gira europea que canceló unas semanas atrás? 

¿Siente remordimiento y desea hacer las paces con Krist y formar una nueva banda con Pat Smear?

¿Quiere hacer carrera solista y divorciarse?

¿Quiere poner a prueba a Dave Grohl, para saber hasta dónde puede llegar como compositor?

¿Cometió un grave error, al rechazar la oferta de encabezar el festival de Lollapalooza?


¿Y si le da un giro a su carrera y comienza a componer canciones al estilo de Johnny Cash?

¿Y si busca a Mark Lanegan y retoma The Jury?

¿Qué clase de álbum podrían grabar él y Michael Stipe?

¿Y si hubiera una manera de volver al anonimato de Olympia... y si encontrara una forma para concentrarse en dibujar? 

¿Y si su pesar fuera transitorio y en un mes se volviera a sentir como en aquellos tiempos, cuando vivía con Tracy y su máxima ambición era tener una banda y una canción que saliera por la radio?

¿Y si regresa a Exodus y, en sólo un mes, la ausencia de droga en su cuerpo le permitiera ver todo más claramente y sentirse tan emocionado como cuando escuchó por primera vez la versión de Love Buzz de su banda en la radio?

¿Y si, independientemente de lo que hiciera, jamás volviera a sentir la emoción de salir al escenario, cuando las luces del foro se apaguen y sus admiradores comiencen a gritar?


En los últimos conciertos en Italia y en Eslovenia, sus viejos amigos –los Melvins, con quienes se siente en deuda por haber traicionado los principios punk que ellos respetan– lo acompañaron durante la gira. 

Ni siquiera con su presencia fue capaz de sentir todas estas cosas que sentía cuando audicionó para tocar el bajo con ellos y los nervios lo traicionaron. 

Se supone que el líder de la banda más popular del mundo, debería sentirse estremecido por la música que crea y por la reacción de sus admiradores. 

¡Si tan sólo tuviera un gramo de la pasión que Freddie Mercury desbordaba en el escenario!

Últimamente se siente un farsante y no quiere seguir engañando a nadie. 


Frunce el ceño.

Está tan ensimismado en sus pensamientos que el cigarrillo se le ha pegado en los labios. 
Ha olvidado encenderlo. 

Cruza una pierna encima de la otra y se queda contemplando el horizonte. 

Ya casi no hay sol en el Viretta Park. 

La gente que andaba por ahí, ha desaparecido. 

Se acomoda en la banca.

Se despega el cigarrillo de los labios. 

Siente un ligero dolor, como si se hubiera arrancado un pedazo de piel muy sensible. 

Pone el cigarrillo frente a sus ojos y lo contempla detenidamente, como si fuera un viejo enemigo***. 

Se lo lleva a los labios y saca un encendedor de una de las bolsas de su chamarra de esquimal. 

Se vuelve a poner el gorro de los Buzzcocks que ha sujetado bajo una de las axilas y enciende el cigarrillo. 

Mientras le da una chupada al cigarrillo y deja escapar el humo por la boca y observa las volutas de humo esfumarse entre los árboles, no tiene idea de que le restan menos de veinticuatro horas de vida y que un electricista encontrará su cadáver hasta el viernes ocho de abril. 


–––––––

*En una sesión de fotografías para la promoción de In Utero, Jesse Frohman lo fotografió usando estas gafas que se pondrán de moda veinte años después y que serán conocidas como "el modelo Kurt Cobain".

**Tracy Marander –su novia en la época de Bleach (1988)–, le dará una entrevista a Nick Broomfield a finales de 1994 y le confesará que Kurt Cobain siempre se avergonzó de su delgadez. Sin Marander, quién sabe si Kurt hubiera tenido tiempo para trabajar en las canciones de Bleach. Mientras él escribía y componía, ella trabajaba todo el día y cubría todos los gastos. El departamento en el que ambos vivían en Olympia ahora es una atracción turística.  

***Juego con la letra de Come As You Are.


miércoles, marzo 28, 2018

Alguien debe morir para dejar vacante una plaza académica


Según un estudio de la OCDE del 2017*, sólo el 17% de los mexicanos entre los 25 y los 64 años de edad poseen un título universitario. 

De ese 17%, sólo el 1% posee una maestría y menos del 1% posee un doctorado. 


En este contexto, pertenezco a menos del 1% de la población mexicana entre los 25 y los 64 años de edad.


Estos números me hacen pensar dos cosas: 1) que pocas personas concluyen estudios universitarios porque la mayoría de la población no tiene la oportunidad de hacerlo y 2) que para estudiar un posgrado quizá no sólo se trata de tener la oportunidad de hacerlo, sino de tener suficiente capacidad intelectual para ingresar a uno y de ser suficientemente tenaz para terminarlo. 


Al menos en el posgrado que estudié, nadie se gradúa sólo por haber tomado clases o por haber tenido suficiente dinero para pagar una colegiatura.


Para ser aceptado en ese posgrado, tienes que demostrar que eres mejor que cientos de aspirantes. 


Necesitas haber concluído la licenciatura al menos con un promedio de 8. 


Necesitas pasar unas pruebas psicométricas para que el posgrado descarte que tienes un retraso mental o que puedes desarrollar una psicopatía. 


Lo más importante es aprobar la entrevista de admisión al posgrado, ante un comité de investigadores reconocidos que evalúan cuáles aspirantes exhiben una capacidad apropiada para integrar información científica muy especializada, exponerla coherentemente y defender la viabilidad del proyecto de investigación que pretenden desarrollar y concluir durante el posgrado. 


Ese proyecto de investigación que defiendes en tu entrevista de admisión, no es un texto cualquiera ni se escribe en un solo día. 



No es común que un aspirante llegue al posgrado con una brillante idea y que con base en esa brillante idea escriba él solo un proyecto de investigación. 


Lo común es que el aspirante haya trabajado previamente en el laboratorio del investigador con el que quiere cursar sus estudios de posgrado y que el investigador tenga una sólida línea de investigación y que sea él quien le asigne un proyecto de investigación. 


Dependiendo de lo estricto que sea el investigador, o de lo capaz que le parezca el aspirante, el aspirante puede prepararse todo un mes, o todo un semestre, para esa entrevista de admisión. 


Para tu entrevista de admisión no sólo basta conocer tu proyecto de investigación -los antecedentes, la pregunta de investigación, la hipótesis, la metodología con la que pretendes poner a prueba tu hipótesis, el análisis estadístico que sería más adecuado para tus datos-, sino que debes preparar una presentación oral con material de apoyo -como una presentación en power point, o con cualquier software de tu preferencia-, para exponérsela al comité evaluador de la manera más convincente posible. 

Obviamente, toda la información que da lugar a tu proyecto de investigación está escrita en inglés y está publicada en revistas especializadas. 


Un curso de inglés básico puede facilitarte la lectura de esa información científica, pero no necesariamente su comprensión. 


Obviamente, el comité evaluador espera que en tu presentación expongas datos (y que no leas diapositivas llenas de oraciones que cualquier persona que no supiera el tema podría leer también, como acostumbran a hacer muchos estudiantes de licenciatura cuando les toca exponer en clase) y que los interpretes de una manera congruente con tu pregunta de investigación. 




Desde hace tres años, pertenezco al Sistema Nacional de Investigadores.

Obtuve mi grado de doctor en mayo del 2014. 
He impartido clases a nivel licenciatura y posgrado en universidades públicas y privadas casi durante diez años.
He participado en exámenes de grado -sólo he titulado a una estudiante de licenciatura y fui asesor de otra alumna de maestría que desertó-, he escrito proyectos de investigación básica para concursar por financiamiento -y que hasta ahora sólo han pasado el primer filtro de evaluación-, y desarrollé un proyecto de investigación por mi cuenta. 

Me molestan los comerciales de la presidencia en los que se presume la creación de muchos empleos, pero me molesta mucho más la gente a la que esos comerciales convence fácilmente. 


De acuerdo con un estudio de ManPower Group**, cuando la presidencia se refiere a la "enorme" cantidad de empleos que ha generado durante el sexenio que está por concluir, se refiere a empleos diseñados para un grupo de personas que ni siquiera terminaron la primaria  (114, 990 trabajadores), que aceptan menores sueldos, que no tienen prestaciones ni seguridad social o que laboran en la informalidad o en la subcontratación. 

En este reporte se menciona que la cantidad total de desempleados en México asciende a más de un millón de personas.  

A la presidencia le faltó señalar este "pequeño" detalle. 


Para las personas con mi perfil académico, la manera más fácil de obtener una plaza es que alguien muera y que irremediablemente deje vacante su plaza y nos permita concursar por ella.

(A veces, incluso en estos casos inusitados, ya se tiene a un "candidato" para ocupar la plaza y entonces los concursos son una farsa.)  

Es una situación desgastante. 


Además del desempleo y de la inseguridad laboral, a diario tenemos que lidiar con la opinión desinformada de la gente. 

Son tan fáciles de convencer que pueden pasar de creer que tener un doctorado no tiene ninguna utilidad y que es un desperdicio de recursos y que las personas con doctorado somos presuntuosas y groseras, a creer que un candidato a la presidencia es la mejor opción para gobernar el país porque tiene un doctorado y además a veces viaja en transporte público. 

Sospecho que ese porcentaje de la población que no se toma ni cinco minutos para informarse acerca de nada por su propia cuenta, es la población que más opina y que más lastima al país. 

Ustedes son los responsables de que la presidencia nos vea como Azcárraga Milmo veía a los televidentes: como un montón de ignorantes que apenas saben leer y escribir. 


Si creen que estudiar un doctorado es como estar de luna de miel y que las personas que estudiamos un doctorado lo hicimos porque queríamos evitar la realidad laboral y porque aspirábamos a dar clases en una preparatoria, están equivocados.

Si son incapaces de contar coherentemente las trivialidades de su propia vida, pero repiten y defienden lo que les dicen en la televisión y en la radio como si fuera su propia opinión, están dañando al país. 


También dañan al país si creen que lo máximo en la vida es tener automóvil, o hijos.


Y si creen en ello y sin embargo no se han dado cuenta que el precio de la gasolina ha subido dramáticamente en los últimos años, qué lástima. 

Y si creen en ello y ni siquiera les pueden enseñar a sus hijos que tirar la basura en la calle, o que desperdiciar el agua, o que abandonar y/o maltratar a sus mascotas, o que aprovecharse del prójimo, no está bien, qué lástima. 

Obviamente no se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que la crisis que atraviesa el país es mental, que los feminicidios y que los miles de muertos debido al tráfico de drogas y que las decenas de periodistas asesinados y que los 43 desaparecidos de Ayotzinapa son irrelevantes.

No se sienten ofendidos cuando la presidencia dice que en este sexenio se han hecho las cosas bien.  


Ni siquiera notaron la ironía cuando el extitular de la SEP promovía la Reforma Educativa y al mismo tiempo minimizaba el plagio del presidente en su tesis de licenciatura.

No les resulta una burla que ese personaje ahora sea coordinador de campaña del candidato a la presidencia de ese mismo partido, pero, eso sí, si ellos les dicen que hay un peligroso candidato que nos convertirá en Venezuela, no lo dudan.

Y, sin embargo, los envidio porque parece que son felices así. 
Yo ni siquiera puedo dormir, por estar pensando en todas estas cosas que no tienen solución.

*Panorama de la Educación
**Empleo en México y sus perspectivas para 2018

viernes, febrero 16, 2018

Mamá Anita


Mentiría si dijera que fui muy apegado a ella. 
Hacía más de seis meses que no la veía. 

Pero hubo un tiempo en que la veía al menos una vez por semana.

Todavía vivía en la casa de mis papás, y ni siquiera había terminado la licenciatura. 

Anita -nunca le gustó que la llamáramos abuela- pasaba a ver a mi mamá por las tardes, y las dos se metían a la cocina. 


Yo bajaba de mi recámara para saludarla, y ella me preguntaba cómo estaba y yo hacía lo mismo. Ella siempre bromeaba y me respondía que estaba como los mangos.


Luego me preguntaba si no tenía un cigarrito que le regalara.


Se sentaba en la mesa de la cocina a fumar tranquilamente con mi mamá, mientras las dos conversaban.

  
La última ocasión que la vi, mi mamá había hecho una comida en la casa.
Era el cumpleaños de mi papá.

Anita se marchó poco después de la comida.

Me pareció más huraña y pensativa que de costumbre. 
Desde unos años para acá, no convivía más de lo necesario.

Siempre se marchaba pronto porque decía que tenía que cuidar a sus mascotas. 

Hubo un tiempo en que tuvo un perro que se llamaba Pookie, unas cuantas gallinas, un pato y algunos pericos, pero entonces sólo tenía a un loro que se llamaba Choche. 


Al despedirse de mí, me dijo que me cuidara y que no me olvidara de mi mamá. 


Tengo muchos recuerdos de Anita, pero casi todos son de la infancia. 


Una vez, mis papás tuvieron que llevar de emergencia a mi hermano al hospital. 

Cuando desperté, lo primero que vi fue su cara. 
Ella estaba junto a la cama, cuidándome. 
Antes de que yo dijera cualquier cosa, me dijo que mis papás habían tenido que salir con mi hermano y que tendría que acompañarla a su casa. 

Salimos del departamento y ella me tomó de la mano y caminamos en silencio hasta su casa. Hacía mucho frío -yo estaba muy bien abrigado- y parecía que el sol acababa de salir. 
La calle estaba desierta, y el silencio de Anita fue tan natural y me hizo sentir tan cómodo que no le pregunté más, aunque era una situación extraña. 
Mis papás nunca me dejaban solo. 
Además, era lunes y no fui a la escuela. 

Mi mamá nos llevaba mucho a su casa.
Íbamos casi todos los viernes, después de la escuela. 
Veíamos allí a nuestras primas y comíamos con ellas.

Anita cocinaba una sopa que me gustaba mucho.


El aroma del jitomate de la sopa recién hecha inundaba la estancia y penetraba mis fosas nasales, mientras mis primas y nosotros aguardábamos sentados en el comedor.


Después de la comida, nos levantábamos de la mesa y nos íbamos a jugar a la sala o al patio.


Los adultos se quedaban en la plática de sobremesa, fumando. 

Hasta la sala llegaba el aroma del tabaco y los ecos de sus misteriosas conversaciones.

Al cabo de un rato, mi mamá nos llamaba y nos decía que nos despidiéramos de todos. 

Anita nos decía que cuidáramos a mi mamá, nos daba un beso en la mejilla y entonces nos marchábamos. 
Cuando llegábamos a la esquina de la calle, siempre nos deteníamos y volteábamos a su casa. Ella seguía en la puerta, diciéndonos "Adiós" con las manos. 

A Anita le gustaba mucho bailar. 

En la fiesta de graduación de la primaria, la vi varias veces en la pista de baile.
Ella llevaba un vestido rojo con puntos blancos que llamaba mucho la atención.
Sonreía mucho, y parecía que se la estaba pasando muy bien con mi abuelo. 

Cuando tenía más de un año en la Universidad, estalló la huelga en la UNAM. 
De vez en cuando, Anita iba a la casa a saludar. 
Estaba muy consternada por la situación de la UNAM y me preguntaba qué opinaba del movimiento estudiantil.
También quería saber si yo había ido a la Universidad en esos días. 

Ella sólo se enteraba del movimiento por lo que decían en la televisión y creía que aquello era prácticamente una zona de guerra y que la Universidad estaba tomada por vándalos.


Cuando le contaba lo que pensaba y lo que había visto, sólo negaba con la cabeza y me decía que tuviera cuidado y que no hiciera cosas buenas que parecieran malas. 


(Ésa era una de las frases que más me decía en esa época: 

"No hagas cosas buenas que parezcan malas.")

También tengo un recuerdo de ella del día de mi examen profesional de licenciatura.  


Mis papás habían invitado a muchas personas al examen -una de mis sobrinas adolescentes incluso se la pasó jugando con su gigantesco teléfono celular-, y yo estaba de pésimo humor. 


La situación no era para tanto, pero me hubiera gustado que fuera un evento más íntimo. 


Cuando terminó el examen y el protocolo del juramento universitario, mi mamá insistió en que yo personalmente invitara a los sinodales a comer a la casa. 

Me puse todavía de peor humor, pero Anita me tomó del brazo y me dijo que no me costaba nada invitarlos y que lo más seguro era que no aceptaran.


Caminamos en silencio, como aquélla vez que no fui al kínder y que ella me llevó a su casa porque mis papás estaban en el hospital con mi hermano. 

Tal y como ella lo había vaticinado, ningún sinodal aceptó la invitación. 


Antes de que regresáramos a donde estaba la familia, me regaló un reloj de cadena, como los que usaba mi abuelo, y me dijo que le daba mucho gusto que hubiera terminado la carrera. Me pasó una mano por las mejillas y sonrió. 


Estaba preparándome para acostarme a dormir, cuando mi hermano me llamó por teléfono para darme la noticia. 

Nunca hablamos por teléfono, así que imaginé que había ocurrido algo importante. 
Su voz sonaba tan entrecortada y triste que casi no le entendí.
Iban a dar las 10 de la noche, y lo primero en lo que pensé fue en cómo se sentiría mi mamá.

Fuimos a la casa de mi abuela y luego nos trasladamos al velatorio. 


Mi mamá estuvo tranquila y resignada toda la noche, toda la madrugada y toda la mañana del día siguiente, pero se puso muy mal al mediodía, cuando se llevaron el féretro.
Jamás la había visto tan desconsolada. 
Dijo que su mamá había sido su mejor amiga -su confidente-, y que no sabía cómo asimilaría que jamás volvería a verla. 

Mi mamá siempre estaba al pendiente de su mamá.
Si no la visitaba a diario, la llamaba por teléfono. 

Han transcurrido dos semanas desde entonces y todavía no sé cómo puedo consolar a mi mamá. Creo que todo lo que diga o haga, no podrá hacerla sentir mejor. 

miércoles, febrero 14, 2018

Fuego amigo


Entré a un laboratorio de investigación, un año antes de ingresar al doctorado.

Estaba tan entusiasmado con la posibilidad de aprender sobre el funcionamiento del cerebro y en convertirme en investigador que incluso corrí experimentos a la una de la mañana y estuve yendo regularmente al laboratorio durante las vacaciones de verano.

Tenía medio año contratado como profesor de asignatura en la Facultad de Psicología, y no tenía ningún problema por realizar el trabajo en el laboratorio. 

Mi futuro tutor me dio una beca de estudiante de licenciatura alrededor de seis meses. 
Eran como $2,000 al mes. 

A los dos años y medio de haber ingresado al doctorado, ya tenía un par de publicaciones: una como colaborador y otra como primer autor. 



Cuando aprobé mi examen de candidatura, mi entusiasmo comenzó a decaer. 

A la mayoría de los estudiantes que estaban en el laboratorio en ese momento, les faltaba compromiso. 

No asistían regularmente o llegaban tarde o rara vez tenían datos que mostrar en los seminarios de avances.  

Yo tenía mis propios asuntos. 
No me correspondía insistirles en que mostraran compromiso. 

En una ocasión mi esposa enfermó y avisé a mi tutor que no iría al laboratorio. 

Justamente ese día nos llegó la respuesta de una revista a la que había enviado mi segundo artículo como primer autor. 

El artículo requería menores modificaciones para ser publicado. 

Mi tutor me pidió que fuera inmediatamente al laboratorio a trabajar en las respuestas a los comentarios de los revisores, para contestarles ese mismo día.

Eso hice. 



Cuando llegué al laboratorio, pasé a su oficina. 

Mi tutor estaba feliz, porque el artículo estaba prácticamente aceptado.

Sonreía ampliamente, exhibiendo su dentadura. 

Él estaba convencido de que la sonrisa había sido un mecanismo de agresión disfrazada, empleado por nuestros ancestros. 
Lo decía frecuentemente en los seminarios estilo Journal Club que teníamos los lunes por la mañana. 

En ese momento, no pude dejar de pensar en ello. 
Había algo frívolo y maquiavélico en su actitud.

De repente, cambió su semblante.
Cruzó las manos a la altura del pecho y me dijo que era normal que mi esposa enfermara, sobre todo porque ella tenía sobrepeso. 

Tratando de ser amistoso, me sugirió que no me preocupara tanto por su salud. 

Tuve que apretar la mandíbula. 
¿Realmente había dicho eso?

Ya sabía que mi vida le importaba un carajo, pero en ese momento lo confirmé. 

Al siguiente día, me ausenté del laboratorio. 

Estaba enojado. Amanecí con fiebre, náuseas, congestión nasal y dolor de estómago. 

Obviamente, también le avisé. 
Siempre nos decía que tuviéramos la cortesía de avisarle cualquier cosa que nos impidiera asistir al laboratorio. 



Seguía dando clases en la Facultad de Psicología y en el posgrado tomaba una clase de Biología Molecular (¡me estaba costando mucho trabajo!), pero había hecho todo lo posible para no ausentarme del laboratorio ¡más de seis horas a la semana!

El doctorado es un trabajo que exige dedicación de tiempo completo -sin vacaciones, sin aguinaldo y sin prestaciones-, pero está permitido trabajar un máximo de ocho horas a la semana, en actividades ajenas al posgrado. 

Casi todos los días que fui estudiante de posgrado, llegaba al laboratorio a las ocho de la mañana y salía alrededor de las ocho de la noche. 

En el último año y medio, lo normal era que hasta las diez de la mañana sólo estuviéramos mi tutor, su investigadora asociada, una joven técnica que acababa de llegar al laboratorio y yo. 

Ese día que me ausenté, no apareció ningún estudiante en el laboratorio.

Mi tutor enfureció y nos envió un correo electrónico a todos los estudiantes. 

Aunque yo tenía prácticamente tres publicaciones -¡me faltaba la mitad del doctorado!-, él tuvo que anunciar públicamente en ese correo que yo no tenía ideas y que sólo seguía sus instrucciones. 

Me molestó muchísimo. 

Quise mandar todo al diablo. 

Desde entonces, si lo pienso bien, perdí el entusiasmo.

Tuve que comenzar a beber alcohol cada fin de semana, para lidiar con la frustración. 
No podía hacer nada más. Mi vida era el posgrado. 

Se terminó mi beca de doctorado -insistí en terminar unos artículos que ya no necesitaba para titularme- y viví seis meses con mis ahorros y otros seis meses con una beca de licenciatura que él me dio. 

Tuve que negociar con él. 


Todo el tiempo que estuve en ese laboratorio, mi tutor formó parte de una sociedad que organizaba un congreso cada dos años.

Generaba datos tan constantemente que participé en todos esos congresos, con trabajos diferentes. 

Al último congreso que asistí, llevé unos datos que tuve que explicarle. 

Salió de su oficina y trató de ponerme en evidencia, frente a algunos estudiantes de licenciatura que estaban allí. 

Le parecía absolutamente incomprensible la dosis y el vehículo que había empleado, así como la hora de administración de los fármacos.

Ya le había hablado del proyecto, pero no lo recordaba. 

Con todo y esos elementos absolutamente incomprensibles para él, esos datos terminaron publicados en un artículo.

Cuando el artículo fue aceptado y los editores de la revista nos enviaron las galeras, él tuvo la osadía de cambiar la sección que especificaba la participación de cada autor. 

Obviamente, puso que a él se le habían ocurrido los experimentos. 
Tenía que reforzar la idea de que yo sólo seguía sus instrucciones. 



En esa ocasión, tampoco dejó escapar la oportunidad de regañarme por correo electrónico. 

Ese era mi cuarto artículo como primer autor con su grupo de investigación. 

En las tres publicaciones previas, siempre fui yo el responsable de hacer el trabajo del autor corresponsal (subir al portal de cada revista, toda la información que requería cada una de ellas para considerar la publicación de nuestros manuscritos científicos), aunque no me dio el crédito ni para un artículo, y siempre lo puse a él como PhD.

Nunca recibí una queja de su parte, así que supuse que así estaba bien. 

Sin embargo, en esa ocasión me insultó por correo electrónico y me preguntó dónde tenía la cabeza y si acaso yo no sabía que él también era MD.

Lo hizo para molestar nada más.
O para mostrarme quién tenía el poder.  

Hace poco publicó un artículo con una parte de los datos que obtuve en su laboratorio.
Incluyó unas gráficas con esos datos, distintas a las gráficas que están publicadas en los trabajos originales.

Si me hubiera enterado de esa revisión, yo mismo habría realizado esos cambios.
Después de todo, yo generé esos datos y yo hice las gráficas.
Incluso habría aportado algo más para ese artículo de revisión.

(Ni siquiera me puso en los agradecimientos de ese artículo de revisión.) 

Soñé que alguien a quien admiro, me juzgaba sin conocer todos estos detalles. 

No he podido dejar de pensar en ese sueño y tuve que escribir todas estas palabras.