miércoles, marzo 09, 2022

El pinchazo

Las tripas, para variar, gruñen. Parece que he estado en ayuno toda una vida. El frío atraviesa mi piel, desde los dedos de los pies. No parece que la primavera esté por llegar, ni que esos días calurosos en los que la vida es como un enorme centro vacacional estén por llegar. 

Saco la libreta en la que llevo mis registros de glucemia desde julio del año pasado. Tomo una pluma del escritorio y anoto la fecha de hoy en la libreta. Saco de su estuche el glucómetro, el frasco con tiras reactivas y la lanceta. Tomo la lanceta y me pincho el índice derecho con mucha destreza –casi como una máquina diseñada con ese propósito–, y coloco la tira reactiva en el glucómetro y espero el bip bip del aparato que me dice cuándo debo depositar la gota de sangre en la tira reactiva. 

Al principio, en julio del año pasado, cuando comencé a medirme la glucosa en ayuno, cada vez que iba a pincharme un dedo resultaba escalofriante. La noche anterior estaba pensando cómo sería la sensación de pincharme el dedo. Cuando llegaba la hora, me ponía la lanceta sobre el dedo elegido para el sacrificio de sangre y me quedaba inmóvil e indeciso durante algunos segundos. No podía dejar de pensar en todas las posibilidades que detonaría el pinchazo. ¿Me dolería?, ¿me gustaría?, ¿sería como un ligero pellizco?, ¿sería como la última vez que me sacaron sangre y me dejaron un hematoma que me duró casi un mes...? 

Mientras me decidía a pincharme, me preguntaba cuánto me dolería y me preguntaba cómo podía haber gente que se acostumbraba a inyectarse opiáceos (o insulina) de manera intravenosa (o intramuscular), y entonces continuaba dilatando el pinchazo para postergar la oleada del dolor. Provocarme dolor voluntariamente, me hacía sentir aversión a mí mismo, como si este breve dolor fuera totalmente dañino y no tuviera ninguna relación con el daño que me provocaba a mí mismo cuando cada fin de semana bebía ingentes cantidades de alcohol y me comía una pizza familiar o un paquete familiar de hamburguesas yo solo; como si este breve dolor con fines terapéuticos y provocado por un breve pinchazo, fuera totalmente dañino y no tuviera ninguna relación con el daño que me provocaba cuando fumaba compulsivamente, incluso en ayuno o mientras caminaba del metro al laboratorio o del laboratorio a la facultad o mientras alimentaba a Gatusso cuando era un minino y Katz y yo teníamos que darle un biberón y cuando era mi turno lo sentaba en mis piernas y lo alimentaba y no dejaba de fumar. Ahora, pincharme cualquier dedo es un evento más sin importancia en mi día a día. 

La pantalla del glucómetro dice “112 mg/dL”, y es la medida más baja que he tenido desde el 19 de febrero, a pesar de que no cené nada saludable. 

Los párpados se me cierran. Tuve una mala noche. No descansé. Los gatos me robaron la almohada y mi cabeza fue invadida por todas las preocupaciones y enojos que me persiguieron durante el día. No entiendo la actitud de ciertas personas. No entiendo por qué debería estar preocupándome por los problemas de los demás. Yo mismo tengo mis propios problemas –por ejemplo, ¿qué voy a hacer dentro de tres meses?, ¿volveré a concursar con otras doce personas, con doctorado, con posdoctorado y que son miembros del SNI, como yo, para tener otro empleo fijo de tres meses?– y nunca estoy contándoselos a nadie. No entiendo a la gente. Trabajo más de lo necesario y busco cómo solucionar cualquier contratiempo, y me gusta lo que hago, pero tal parece que, si no te quejas de tu trabajo, la gente asume que no tienes problemas de ningún tipo y que te sobra el tiempo. Tampoco entiendo a las personas que asumen que ellas son las únicas que tienen ocupaciones (preocupaciones) y que todos los demás deben ayudarles cuando lo necesiten. 

Los dedos aporrean el teclado de la Mac. Mis uñas chocan contra el teclado. El contacto de las uñas con el teclado es desagradable. La sensación es tan intensa que no me deja concentrarme en otra cosa. Siempre me ha disgustado tener las uñas un poco largas. Me hacen sentir ajeno a mí mismo, como si las uñas largas fueran otro organismo independiente de mí mismo y como si mi sistema del tacto tuviera que supeditarse a ese organismo independiente para permitirme sentir. 

Desde hace casi dos semanas he estado estudiando sobre neurodesarrollo y no he podido enfocarme en otros temas que debo estudiar para impartir las tres clases que debo impartirles a 100 estudiantes cada semana. Tuve un par de sueños muy extraños, frío y dolor de estómago. Me gustaría escribir sobre ellos, pero debo volver a trabajar. 

sábado, marzo 05, 2022

La panadería


Decenas de personas entran y salen. Otras permanecen toda una vida adentro. Charolas repletas de panes de distintos tamaños, formas y sabores circulan por la panadería. Anaqueles con pasteles de vainilla con zarzamora, de trufa con chabacano, de chocolate con coco...

Los aromas se mezclan y fabrican un solo aroma que hace explotar tu memoria. Filas y filas de gente formada esperando al menos media hora su turno para pasar a recoger una caja con galletas. Es una locura. No hay paciencia de tal magnitud en ningún otro lugar. A pesar de la espera, nadie está enojado. La panadería es un territorio en paz y armonía. 

Ves pasar cajas con galletas por aquí. Ves pasar cajas con pasteles por acá. La vida pasa así: entre aromas de pan y cajas con pan, y entre gente haciendo videollamadas, mostrándoles a sus interlocutores los anaqueles con los pasteles y preguntándoles cuál pastel quieren que les lleven a casa.

Yo no entiendo nada, pero si viajara al pasado –más concretamente a principios del siglo XX–, invertiría en la industria del pan. 

***

No tienes que inventar mundos que no existen, ni nadar en la oscuridad de mundos que no conoces; tampoco necesitas inventar personajes “complicados” con todas las patologías y vicios del mundo para atrapar la atención del lector, ni viajar a lugares exóticos para “inspirarte” a escribir novelas sobre esos lugares exóticos: hay literatura en todas partes.

martes, febrero 22, 2022

Nadie respeta el luto

Las últimas semanas han sido terriblemente estresantes. No he podido descansar ni disfrutar de este periodo intertrimestral. He estado –como toda la vida– en la cuerda floja: persiguiendo, cada 3 ó 4 años, contratos temporales... revisando cada semana compulsivamente gacetas de distintas universidades, en busca de concursos para gente con mi perfil... Generalmente debo concursar con biólogos, con químicos y con médicos, y, generalmente, los concursos para biólogos, para químicos y para médicos son exclusivamente para biólogos, para químicos y para médicos... Nunca me ha parecido justo, pero es lo que hay. 

Pero ahora estoy harto, llegando a mi límite. Siempre he trabajado en las cosas que me gustan y siempre he sacrificado bienes materiales y he estado de acuerdo con que sea así, pero no parece que la situación vaya a cambiar, sino, más bien, que se trata de un ciclo: que encuentro cierta estabilidad temporalmente y que después debo empezar de cero. 

Sé que para la mayoría de la gente lo único que importa es tener mucho dinero y estoy totalmente en desacuerdo (esa no debería ser la meta de nadie: todos deberíamos tener la oportunidad de explotar nuestro potencial y de vivir decentemente haciendo lo que nos guste hacer), pero, ocasionalmente, como hoy, simplemente no soporto la presión que ejercen los medios masivos de comunicación (en cualquiera de sus expresiones) para convencernos de que lo único que debe importarnos a todos es tener mucho dinero. 

El estrés de estas últimas semanas ha sido tan debilitante que me ha llevado a considerar que, si pierdo este concurso por un contrato temporal de tres meses para dar clases en la universidad, será una señal para abandonar mi carrera académica definitivamente. 

¿Qué utilidad tiene lo que hago? ¿A quién le importa el conocimiento, cuando puedes hacer cualquier cosa para generar dinero a corto plazo...? Al mundo no le importa entender cómo funciona el cerebro, sino lucrar con la idea de que puedes aprender cómo funciona el cerebro y dominar tus pasiones y volverte millonario de un día a otro. Al mundo le interesa venderte cursos en Domestika y engañarte y decirte que sólo necesitas prestar atención durante cinco minutos, y que no tienes que esforzarte realmente en aprender nada y que no tienes que invertir varias horas de estudio por tu cuenta. Al mundo no le importa que sepas cuáles son los circuitos cerebrales del apetito o del placer, ni cuál es la naturaleza química de los millones de moléculas que circulan en tu cerebro: le interesa venderte la idea de que, apenas apretando un botón conectado a un dispositivo que llevas en la cabeza, puedes quitarte el hambre o permanecer despierto todo el mes... o sentir placer realizando actividades aburridas... o simplemente oprimir otro botón y “encender” tu creatividad artística o, si así lo deseas, tu creatividad científica. Al mundo le interesa vender cualquier cosa que parezca asombrosa y fácil.

Estoy pensando en todas estas cosas que no me llevan a ningún sitio, mientras espero a que la Comisión Dictaminadora me dé acceso a la sala de Zoom. Apenas el viernes, después de haber cargado durante toda la semana mi solicitud y mis documentos en el sistema de las evaluaciones curriculares de la universidad, los miembros de la Comisión me citaron al mediodía de hoy y me pidieron conectarme a Zoom diez minutos antes del mediodía. El reloj en la computadora dice que ya son las 12: 20. 

La espera está volviéndome loco. Ya no estoy seguro de nada. No sé si el estrés me hizo una mala jugada, ya no sé si me equivoqué de fecha. Reviso rápidamente en mi correo-e y confirmo que hoy es mi Día D (como tantos otros Días D que he vivido). 

Para lidiar con la espera –el estrés está llegando a un nivel desquiciante–, trato de leer información que pueda ayudarme a tener más dominio del tema del cual le hablaré a la Comisión Dictaminadora, pero nada se me queda en la cabeza. Me dijeron que debo dar una miniclase de diez minutos sobre la neurobiología de las emociones y que debo estar preparado para otros diez minutos de preguntas de los integrantes de la Comisión. 

Adquirir más información en este momento es contraproducente. La sensación es familiar. Muchas veces he estado así: cayendo en la cuenta de que, conforme más sé sobre un tema, menos sé sobre ese tema.

Todos los escenarios posibles, relacionados con mi desempeño durante la entrevista, cruzan mi mente, llegan como escopetazos a mi cabeza y me dejan viendo fosfenos.

Al cabo de cinco minutos, la Comisión me da acceso a la sala de Zoom. 

Cuarenta minutos más tarde, la entrevista termina. Tengo la impresión de que no dije todo lo que quería decir. Tengo la impresión de que perdí el concurso. 

No quiero pensar en el futuro –¿cómo me ganaré la vida en el siguiente mes, para no tener que depender, como otras veces, exclusivamente de mis ahorros...?–, y me meto a revisar twitter en mi teléfono. No sé qué estoy buscando. Sólo quiero distraerme. Apenas entro a la aplicación, veo un tweet que me llama la atención sobre todos los demás: alguien, aparentemente muy cercano a Mark Lanegan, tuitea desde la cuenta de Mark Lanegan, que Mark Lanegan acaba de morir. 

La noticia me pone muy mal. Me parece que no está pasando, que se trata de un mal sueño dentro otro mal sueño. No quiero pensar ni siquiera en el presente. 

Bastan unos cuantos minutos desde que me entero de esta mala noticia y mi mente ya está divagando en aquellos días de interminables arcadas –provocados por el consumo de tantos antibióticos–, en los que The Winding Sheet me confortó; mi mente ya está divagando en aquellas tardes en las que estaba resignándome a vivir miserablemente porque ningún tratamiento médico había funcionado, cuando las canciones de Mark Lanegan de pronto aparecieron como la luz al final del túnel; mi mente está divagando en aquella noche de septiembre del 2018, cuando estaba a unos metros de Jeff Field, de Shelley Brian y de Mark Lanegan, escuchando “Wild flowers” y sintiéndome feliz y triste simultáneamente, como si toda la felicidad y toda la tristeza que había acumulado durante los dos años y medio previos que duró la enfermedad y la convalecencia de la cirugía hubieran estallado como una granada de gas pimienta/hilarante en El Plaza Condesa. 

En unos minutos, todo mundo ya habla en redes sociales sobre Mark Lanegan. La situación me enfurece. Estoy confundido. Estoy triste. Podría llorar o podría gritar o podría destrozar todo lo que tengo a mi alcance. Estoy tan molesto e indignado que se me olvida que acabo de concursar por un contrato de tres meses en la universidad y que concursamos 13 personas y que probablemente algunas de ellas también pertenezcan al SNI y que probablemente algunas de ellas también tengan muchos años de experiencia docente en universidades públicas y privadas y que seguramente también están tan estresadas y tan frustradas como yo. 

Durante más de cinco años he estado escribiendo algunas cosas sobre Mark Lanegan en mis blogs, invitando a mis conocidos y a mis familiares a que escuchen su música; diciéndoles que es un gran compositor, que su trayectoria es muy amplia, que es un artista sin el reconocimiento que merece. Ahora, varios de ellos, gracias a que algunos “todólogos” populares de redes sociales de pronto se han convertido en portavoces de la trayectoria artística de Mark Lanegan, comparten (o dicen compartir) mi dolor. 

Las personas –quizá esas que juzgan si a alguien le va bien en la vida, en función del número de autos y de hijos y de casas que tenga– siempre le dan más crédito a los desconocidos. 

Nadie respeta el luto. El mundo es tan horrible que incluso la muerte es negocio. Siempre es y siempre será así: hasta que la gente talentosa muere, la gente sin criterio “abre los ojos”. 

Una vez más, uno de los sujetos que me transmiten algo emocionalmente, se ha ido. Tal parece que estoy condenado a escuchar a artistas que mueren cuando se convierten en una parte esencial de mi vida. 

El futuro cercano es mucho más oscuro y mucho más terrible de lo que había imaginado: ya no está Mark Lanegan. Siento como si él hubiera decidido abandonarme precisamente en este momento, para abrirme los ojos. Si pierdo este concurso, tocaré fondo. Lo sé. 

lunes, enero 17, 2022

Tirar la toalla


El martes renovaron tu distinción de Investigador Nacional Nivel I. Deberías estar feliz. En tu primera solicitud de ingreso al SNI (cuando acababas de terminar el posgrado), te dieron esa distinción y la ejerciste en el posdoc, pero te enfermaste, acabaste en el quirófano y sólo pudiste publicar un artículo como primer autor y no pudiste renovar en la convocatoria que te correspondía (aunque, en ese periodo, tus colegas de antaño ni siquiera te consultaron para colaborar en otras dos publicaciones en las que cuatro de tus publicaciones como primer autor fueron parte sustancial de dos artículos de revisión). 

Tienes casi un mes con tos. Un día, saliste a correr y al volver a la casa te enfriaste más de lo necesario platicándole a tu esposa sobre algunas cosas en las que estabas pensando mientras corrías. No has podido descansar lo suficiente. Cada semana has hablado frente a clase entre cinco y siete horas.  

En lugar de celebrar tu regreso al SNI, tienes que hacer miles de cosas para actualizar tu e-firma en el SAT. El miércoles, el jueves y el sábado has estado entre seis y siete horas diarias leyendo manuales y siguiendo instrucciones en línea, sin éxito. 

Tienes un montón de actividades que hacer precisamente en la semana que comienza: te toca la dosis de refuerzo de la vacuna contra el covid-19, debes entregar el informe anual de actividades del consejo editorial que presides desde hace dos años, debes enviar una copia de un examen de recuperación, debes estudiar dos capítulos de ochenta páginas cada uno para las dos clases de cuatro horas y media que impartes esta semana, debes seguir invirtiendo más y más horas en la actualización de tu e-firma en el SAT...

No has podido dormir bien por estar pensando en todo lo que tienes que hacer, pero finalmente te encuentras en un sueño cálido, que es como imaginas que es un sueño de morfina, y sueñas que ninguna de las cosas que ocurren en la realidad vale la pena y entonces una oleada de entusiasmo recorre tu médula espinal y tienes un fuerte impulso para escribir y presientes que las palabras y que las oraciones y que los diálogos fluirán como en los viejos tiempos en los que podías dedicarte exclusivamente a escribir, pero la vejiga llama desde las profundidades del frío de la mañana del lunes y luego el gatito más grande de toda tu familia de Thundercats maúlla desesperadamente como la sirena de una ambulancia que se dirige a la escena de una tragedia, y la vejiga y el gatito se convierten en las únicas sensaciones que se filtran por el tálamo y ya no puedes más y tienes que levantarte de la cama y luchar contra el frío que penetra tus poros como un cuchillo afilado.

Son las siete de la mañana. 
Te concentras en la sensación del frío que te roe los huesos y que hiela tu dermis. Extrañamente, no has tosido. Todavía el sábado y el domingo y los días anteriores estuviste teniendo infernales ataques de tos, y también antes y después de tus clases de los martes y de los jueves. Te asomas por la ventana de la recámara. Está amaneciendo. Te gustaría salir a correr, tal y como lo hacías en el otro fraccionamiento.

Comenzaste en julio, después de que unos análisis revelaran que tenías 300 mg/dl de glucosa en sangre en ayuno. Primero, te costó trabajo adaptarte. En diciembre, ya corrías 5 kilómetros en media hora y disfrutabas salir a correr por las mañanas –entre siete y ocho am– y darle varias vueltas al fraccionamiento y a las canchas de basquetball y al jardín, escuchando música a través de tus audífonos, sin ser molestado por malas caras de nadie, excepto uno que otro perro y uno que otro humano que sacaba a pasear a su perro o que también salía a ejercitarse. 

En este fraccionamiento al que te mudaste hace poco más de un mes, todo es diferente: es más pequeño que el anterior, no hay más que paredes, casas y automóviles –en el otro fraccionamiento, además de las 
dos canchas de basquetbol, el jardín y hasta una pequeña pista para correr, había un fabuloso paisaje de las montañas–, y correr es más monótono y aburrido; por si fuera poco, no puedes correr con la misma privacidad que en el otro fraccionamiento. 

Te sientes culpable por no correr como antes.
 
Te levantas a orinar. Estás allí varios minutos, de pie frente a la taza del baño, viendo cómo cae la orina como una cascada cristalina que fluye sin cesar. Sólo estás unos minutos, pero para ti siempre transcurren varias vidas. 

Ya acallaste a la vejiga, pero el gatito no ha dejado de maullar. Está hambriento. A todas horas tiene comida estándar disponible, pero cada mañana –y al mediodía, y a las tres de la tarde y a las siete de la noche– lo alimentas con comida blanda. Quisieras recordar todos los momentos felices que has compartido con él: cuando llegó a tu vida hace más de diez años, cuando tu esposa y tú acababan de mudarse a su primer departamento –un departamentito con una recámara, un baño, una pequeña cocina y una sala comedor, en el primer piso de un edificio en Xola, a unos metros de la Calzada de Tlalpan; todo quedaba cerca y había un pequeño parque al que podías salir a correr, pero estabas tan presionado por el ritmo de trabajo del laboratorio en el que cursabas tus estudios de posgrado, que sólo bebías y fumabas como loco cada fin de semana y cuando tenías oportunidad–, y conociste al gatito después de volver de un congreso en Estados Unidos y desde el principio te mostró su corazón y poco a poco se convirtió en un ser al que quieres mucho.
Han compartido fabulosos momentos, pero ahora sólo piensas en su impaciencia.

Sales a encender el bóiler. 
En esta nueva casa hay que encenderlo manualmente. 
En la otra casa, el bóiler se encendía cada vez que usabas el agua caliente y pagaban $500 de gas cada tres meses. En noviembre, la dueña de esta casa le cargó al gas estacionario $1000, pero tu esposa y tú lo usaron dos semanas en diciembre y tuvieron que cargarlo de nuevo. 

Alimentas a los Thundercats y los contemplas en su mundo felino, en el que los pequeños detalles los hacen felices. Te preguntas qué ha pasado con la humanidad, por qué hemos llegado a inventar necesidades tontas y costosas y por qué le damos poca importancia a los pequeños detalles y cuánto tiempo falta para que tengamos que pagar por respirar.

Sales a la terraza y haces algunos estiramientos para lidiar con la frustración de no salir a correr a este pequeño fraccionamiento en el que algunos vecinos te miran como un espía cuando pasas corriendo por sus casas con tu equipamiento de jogger. 

Entras de nuevo a la casa y subes al estudio a pincharte un dedo para medirte la glucosa, tal y como haces desde hace más de medio año. Tratas de calcular cuántas cajas con 50 tiras reactivas has comprado y cuántas veces te has pinchado y cuántas veces has tenido menos de 100 mg/dl de glucosa en ayuno, pero el resultado que comienzas a adivinar te decepciona, automáticamente piensas en que debes tomarte la metformina –media pastilla cada tres veces al día– y no puedes dejar de imaginarte el daño que eso le provocará a tus riñones y dejas de calcular. 

Te sientas frente al escritorio y escribes dos o tres cosas en la libreta en la que registras tu glucosa en ayuno y te levantas del asiento y te metes a bañar y tratas de ignorar el hecho de que, en comparación con lo que pagaban en el otro fraccionamiento, en esta casa han pagado el triple de agua y todos los días te has bañado con apenas un chorro de agua. 

El agua está caliente, pero el chorro de agua apenas cae por tu cuerpo y añoras los baños en la casa del otro fraccionamiento: el baño era más pequeño y feo, pero siempre te bañabas con suficiente agua, aunque el agua estuviera muy fría o muy caliente. En todos los baños de todos los lugares en los que han vivido tu esposa y tú, siempre ha habido algún problema. 

Mientras el agua cae por tu cabeza, tratas de ignorar los flashazos de todos los cuerpos desnudos que alguna vez has visto y que merodean tu cerebro y que son una excusa para entrar en una zona de confort y que te llevan a procrastinar todo lo que tienes que hacer hoy, así que te enfocas en enjabonar tu cara y en pasar el rastrillo y luego en lavarte el cabello con shampoo y luego con acondicionador y luego en enjabonarte todo el cuerpo. 

Al cabo de unos minutos, cierras la llave del agua y atraviesas ese peliagudo umbral entre tu cuerpo caliente y vaporoso y tu cuerpo húmedo y helado en el breve enfriamiento después del baño caliente, y abres rápidamente la puerta del cancel y tomas rápidamente la toalla y te secas rápidamente la cabeza y el cabello y el resto del cuerpo y te mueves incesantemente para que no descienda la temperatura de tu cuerpo, deseando que las cosas cambien totalmente en la primavera.

La primavera te hace pensar en cuánto quisieras tumbarte en una hamaca junto a la playa y tomar el sol y aspirar la brisa del mar y leer por placer y escribir por placer y percibir un sueldo por leer y por escribir y tener una vida decente por eso, y no tener que perseguir la chuleta e invertir entre seis y siete horas diarias para renovar tu e-firma para no perder el estímulo económico del SNI de este mes, pero tu realidad es ésta y a veces quisieras tirar la toalla.  

domingo, enero 09, 2022

Tú no sabes nada del frío



Este domingo, el frío me despertó a las cinco de la mañana. Me rescató de un sueño en el que estaba perdido y rodando desde lo alto de una montaña. El paisaje era aterrador y el viento silbaba como un cuchillo que cortaba el aire a toda prisa. Había árboles gigantescos por todas partes y todo estaba cubierto de nieve.
 
Miré el reloj en la mesita de noche. Estábamos a 3º C. 

Ahora son las tres de la tarde y estamos a 9º C, pero la sensación térmica es más baja. Traigo puesta una chamarra abrigadora que pesa varios kilos. Debajo de los pantalones de mezclilla, traigo unos pantalones térmicos. También traigo puestos unos tennis y unas calcetas gruesas. Apenas puedo moverme. Digan lo que digan los amantes del frío, el frío es incompatible con el movimiento. (Incluso puedes sentir cómo tus pensamientos recorren los túneles de tu cerebro con una lentitud enfermiza.)

Desde las once de la mañana he intentado estudiar para mi clase del martes. Les hablaré a los alumnos sobre los sentidos químicos. Cuando imparto este tema, me gusta comenzar hablando del efecto Proust y mencionar algunos ejemplos contradictorios que revelan la influencia del aprendizaje en nuestra preferencia por ciertas bebidas y alimentos que violan la búsqueda innata de compuestos dulces (y la evitación innata de compuestos amargos). 

El frío me impide concentrarme y pensar claramente en los ejemplos –me quedo divagando con la leyenda de la madalena que, supuestamente el 1 de enero de 1909, Proust remojó en su té y que lo llevó a escribir una obra autobiográfica de siete tomos y de más de tres mil páginas–, y hace que mis manos parezcan témpanos y que la nariz no deje de moquearme. 

La sensación del escurrimiento nasal me recuerda aquella temporada en el infierno del taller de dibujo técnico industrial, cuando estaba en la secundaria y no tenía más de once años y la profesora me dictaba algunas cosas inverosímiles (por ejemplo, cómo ser, basándote casi exclusivamente en tu apariencia, un ciudadano exitoso) y yo sufría mi alergia estacional y tenía que escribir a toda prisa con el estilógrafo Staedtler 0.2 sobre la plantilla Staedtler para el estilógrafo Staedtler 0.2 en el cuaderno con cuadrícula milimétrica (así: sin pausas), sin cometer errores y sin poder sonarme la nariz. 

Estos remotos recuerdos me provocan escalofríos y dolor de cabeza. Al cabo de más de veinte años, la alergia estacional persiste, pero he logrado ser exitoso a mi manera: aunque (generalmente) traigo el cabello largo, tengo dos perforaciones en la oreja izquierda, un tatuaje, y, en muy raras ocasiones, me pongo traje y zapatos de vestir, me pagan por hacer lo que me gusta (sería fabuloso que me pagaran por escribir esta clase de entradas que no tienen otro propósito más que satisfacer –temporalmente– mi placer, como ocurre con algunos afortunados que tal vez nunca han dejado Polanco, La Condesa, Reforma y alrededores, y que, sin embargo, escriben sobre “lo duras” que han sido sus vidas, reciben “palmaditas” de sus amigos influyentes –y reciben alabanzas de los lectores a los que todas las novelas les parece que hablan del “corazón humano”–, y cobran un sueldo por ello). 

Me asomo por la ventana. El día está soleado; casi parece que la calle está en otra dimensión, en una ciudad donde la primavera es eterna. 

Me salgo a estudiar a la terraza. Saco la computadora, una frazada, mi taza de té sin azúcar y un cuaderno y una pluma para tomar notas. 

Al cabo de unos segundos, el sol comienza a surtir efecto: siento su calor como una descarga eléctrica de beatitud recorriéndome toda la piel. Me siento como el monstruo de Frankenstein cobrando vida. 

Sin embargo, el sol también me pega en la cara y en los ojos y me deslumbra y me impide leer con claridad la pantalla de la computadora. Me pongo unas gafas de sol y puedo lidiar con la situación durante algunos segundos, pero las ráfagas de viento son implacables. (Me recuerdan el paisaje aterrador de mi sueño.) De nada sirve traer puesta una chamarra que pesa varios kilos, unos pantalones térmicos debajo de unos pantalones de mezclilla y unas calcetas gruesas debajo de los tennis. 

No sé si es por el frío, pero se me antoja un cigarro. Hace más de cinco años que no fumo. Se escribe así de fácil, en unas cuantas palabras, pero es toda una hazaña. En mis peores momentos llegué a fumarme casi una cajetilla al día; si tomaba alcohol, me fumaba más de una cajetilla en una noche.  

Me imagino sentado en las mismas condiciones en las que me encuentro hoy, pero con un cigarrillo en los labios, sintiéndome como una estrella de rock que compone una triste canción de invierno con dos o tres acordes en su guitarra dreadnought, mientras le da sorbos esporádicamente a una bebida caliente y reflexiona sobre su estatus y es consciente de que tiene el mundo a sus pies y de que, haga lo que haga, incluso acabando con su vida en ese instante, siempre lo adorarán un montón de adolescentes. 

En qué cosas tan estúpidas me hace pensar el frío. 

Los cigarros ni siquiera son una fuente de calor, pero, cuando fumaba, tenía la creencia de que sí lo eran y, en cierta forma, durante el invierno, éste era uno de mis pretextos para fumarme un cigarro tras otro. También, en esa época, durante muy poco tiempo, tomé café. Realmente nunca me gustaron los efectos del café. (De por sí, como hoy, me cuesta trabajo volver a conciliar el sueño cuando despierto en la madrugada. Odio la sensación de tener mucha energía y no poder dormir.) 

Vuelvo a la casa y abandono el estudio (más bien, abandono las divagaciones sobre el café y los cigarros). Me pongo a leer a Irvine Welsh, pero, más allá de recordar vagamente la adaptación al cine del relato que estoy leyendo –Boab Doyle se encuentra a Dios en un pub y Dios le dice que no tiene agallas y que lo convertirá en una mosca–, no le presto atención al libro. 

Sólo estoy pensando en qué pasa con la gente que ama el frío. 

A menos que tengas una chamarra de The North Face de varios miles de pesos –cuestan entre tres mil y diez mil pesos, en promedio–, el frío es incompatible con el movimiento. A menos que hayas vivido en un lugar tropical en el que realmente no hace frío y que hayas confundido una ligera baja en la temperatura, con el frío, no veo ninguna razón para amar el frío. A menos que el frío te recuerde reuniones familiares muy felices, no veo ninguna razón para amar el frío. 

Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, tendríamos pelaje, como los osos. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, la gente no se suicidaría en los países donde el sol sale tres horas al día durante el invierno. Si el frío fuera compatible con nuestro cuerpo, no tendrías que encender el calefactor en tu casa. Si el frío no fuera incompatible con nuestra existencia, yo no estaría escribiendo esto. 

Tú no sabes nada del frío.