domingo, enero 19, 2025

¿Eres lo que atraes?



Hay diversos puntos de vista sobre lo que significa una mala noticia –que te digan por teléfono que tienes tal o cual enfermedad y que sólo te quedan 3 meses de vida, que el amor de tu vida acepte tu invitación a cenar y allí te diga que está enamorada de tu mejor amigo, que te comuniquen por correo-e que no pasaste ni siquiera la primera fase de un concurso para una plaza académica de tiempo completo–, pero, independientemente de ello, soy la clase de persona que “atrae” malas noticias, y esto no tiene nada que ver con la metafísica: tengo “un imán” para recibir noticias sobre la muerte –diría que las recibo casi de manera inmediata a la muerte de alguien– porque siempre estoy al pendiente de las malas noticias, mi cerebro siempre está al pendiente de todas las cosas malas, y es un vicio, no recuerdo un solo día de los últimos diez o veinte años en el que no haya estado así.

Hace un año, por ejemplo, cuando me debatía entre continuar con mi rutina y satisfacer mi adicción a la nicotina, o resistirme a salir al Oxxo a comprar una cajetilla de Camel –después de casi 8 años de abstinencia, tras una larga enfermedad que me llevó al quirófano, había recaído y estaba perdiendo el control otra vez–, me metí a X y leí en la cuenta de Jesús Ramírez-Bermúdez que José Agustín acababa de morir. Mentiría si dijera que lo primero en lo que pensé fue cuál de sus libros me gusta más —¿Ciudades desiertas?, ¿Se está haciendo tarde?— y cuál menos —¿Dos horas de sol?, ¿La tumba?—; más bien, pensé en que era un imán de malas noticias, en que ocurrió lo mismo cuando murieron David Bowie, Chris Cornell, Mark Lanegan, Andrew Fletcher...

El otro día volvía a la casa después de correr 7 kilómetros y traté de acallar los pensamientos negativos que casi nunca puedo ignorar, que son como una vocecita que siempre está aconsejándome, y me senté a tomarme un suero, a revisar en la aplicación del teléfono cuál había sido mi mejor tiempo. Calculé que corrí casi veinte segundos más rápido que el lunes, y eso me hizo sentir bien. «Una buena noticia entre las tantas malas noticias que he recibido en los últimos 4 meses», me dije mentalmente. Luego, intenté enfocarme en otras buenas noticias: en que (otra vez) cumplía un año sin fumar –antes de recaer, fumaba a todas horas, una cajetilla en un par de horas si había alcohol de por medio, tenía dedos de nicotina, no podía subir escaleras sin sentir que me daría un ataque al corazón–, en que en esta semana terminábamos de responderle los treinta y tantos comentarios al Revisor #5 y en que no puede llover todo el tiempo, que nadie puede recibir malas noticias todo el tiempo. 

Y estaba funcionando: de alguna manera, había logrado desasirme de esos pensamientos negativos, pero después me metí a Facebook y vi un post de Stereogum y allí había una fotografía de David Lynch y decía que él acababa de morir. El post tenía 3 minutos de haber sido publicado. Mentiría también si dijera que conozco todas las películas de Lynch, que Eraserhead es mi favorita. Que veo la vida cómo él la veía, que me sabía esa anécdota en la que Spielberg lo dirige y él interpreta a John Ford, que yo era de los fans que decía que esa escena de Los Fabelman era la mejor escena en la historia del cine: el mejor director de cine, dirigiendo al mejor director de cine, interpretando al mejor director de cine. Escuché el soundtrack de Lost Highway antes de ver la película.

Me terminé el suero y pensé en que algo malo ocurre conmigo, en que estoy tan acostumbrado a ver que la vida es una amenaza constante, en que lo primero que pienso en cualquier circunstancia es en todo lo malo que puede suceder —eso no me incapacita para hacer lo que tenga que hacer, sólo me impide disfrutar el proceso—, y desde ayer o anteayer, ya no sé cuándo, no puedo dejar de preguntarme cómo hacen los demás para ignorar todo lo malo que hay en el mundo: ¿qué cosas leen, qué música escuchan, cómo pasan su tiempo libre...?, ¿pueden ver una película de David Lynch, llenar los huecos con su imaginación, y ser felices...?

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

martes, enero 14, 2025

Tener una plaza indeterminada es más difícil que sacarse la lotería

 


Salí a correr 7 kilómetros, por primera vez en más de un año no asistí al seminario de cada lunes, desayunamos alrededor de la una de la tarde, algo que ha ocurrido desde que tomamos el nuevo fármaco, el que tiene dapaglifloxina y metformina, te genera una sensación de llenado en el estómago, te mantiene sin apetito y a veces con náuseas. 

Trabajé en las respuestas a los revisores de este MS que tal vez será publicado en los próximos meses, un colega sugiere algunos cambios que no solicitaron los revisores, eso me puso de malhumor, mis condiciones de trabajo de toda la vida me impiden escribir lo que quiero escribir; como no tengo una plaza indeterminada, tengo que negociar con los colegas que sí la tienen –ellos pagan los APC–, y debo ceder muchas veces y escribir algo con lo que no estoy tan de acuerdo. Está difícil publicar en revistas que no tienen Open Access. Las universidades destinan una parte de sus recursos en suscripciones a revistas y en financiamiento para que sus académicos paguen Open Access.

Además de que mi trabajo no es remunerado y de que el mundo no es un lugar gratuito –todos los días tienes que pagar algún servicio, todos los días estás expuesto a comerciales, a mensajes que te invitan a gastar en cosas que no necesitas–, trabajo sin cobrar un sueldo y ocupo mi tiempo libre en este trabajo no remunerado. Es algo tan idiota. Claro: hay que esforzarse, picar piedra, hacer sacrificios, invertir a largo plazo.... Pero, en retrospectiva, ¿qué sentido tienen todas las inversiones a largo plazo que he hecho...?; por ejemplo: ¿de qué me sirve ser Investigador Nacional Nivel II, si no tengo una plaza indeterminada...?, ¿de qué me sirven todas estas inversiones a largo plazo, si ninguna universidad me da la oportunidad de concursar por una oposición...? 

Todo esto es lo mismo, lo de siempre, pero peor. Y ¿a quién engaño? Siempre ha sido así. No tengo esa “suerte”, o fortuna, o como quieras llamarle, que otras personas tienen. Ya sabes: no quieres una plaza, y te la ofrecen. Ya sabes: te abren las puertas de la academia desde que eres estudiante de maestría, te apoyan, te dan tu lugar, reconocen tu trabajo, entras al doctorado, no te tratan con la punta del pie, te abren un concurso de oposición cuando estás en el posdoc, lo rechazas porque no te gusta esa universidad y a la semana otras personas (a quienes no has tratado directamente) te ofrecen otra plaza en una universidad que sí te gusta. Conozco casos así, no los estoy inventando, nadie me los contó, yo traté a esas personas.

Así como estoy ahora, más o menos estaba hace un año: trabajando sin recibir un centavo, ocupando mi tiempo libre en cosas súper demandantes y súper especializadas: contestándoles a 5 revisores del MS que fue publicado en abril, llenando mi solicitud de evaluación del SNII, impartiendo 15 horas de clase a la semana, coordinando simposios de divulgación, impartiendo pláticas de divulgación o cursos especializados para médicos, ¡todo en quince días! Y ¿qué conseguí con ello? Lo que tengo ahora: mi distinción de SNII II y este trabajo no remunerado desde noviembre. La experiencia de haber tocado estas 5 puertas de estas 5 universidades que nunca se abrieron y que me trataron como uno más, como un candidato del montón.

¿Cuál es el punto? Hago todas estas cosas porque tengo la expectativa del trabajo de mis sueños, pero el trabajo de mis sueños está cada vez más lejos. Hoy, por ejemplo, mientras corría, me llegó una notificación al teléfono y, ¡adivina qué! 

«Tiene una estupenda trayectoria académica, le deseamos un futuro brillante, pero...»

Y fue un correo-e con copia a más de 50 personas. Ése es el punto. Somos muchas personas. Tener una plaza indeterminada es más difícil que sacarse la lotería. 

viernes, diciembre 27, 2024

Te extrañaré, Tony


Esa tarde de mayo o junio, nos peleamos por una tontería y ella quiso hacer las paces, pero yo, como el gran idiota que soy, continué y entonces nos dejamos de hablar. No quería pensar en la horrible persona que soy cuando me empecino en tener la razón y tampoco quería reconocer que me había equivocado, así que hice algo que casi nunca hago: encendí la televisión. Pero no la encendí para ver cualquier cosa que atontara mis sentidos. Me metí a la aplicación de Max y busqué Los Soprano. Ya me habían hablado de la serie, sabía que Gandolfini ya estaba muerto desde hacía más de diez años, que le había dado un infarto en la habitación 449 del Hotel Boscolo Exedra en Roma; me habían dicho que era una serie estupenda, me la habían recomendado uno de mis hermanos y uno de mis escritores de cabecera (quien era tan fan de la serie que constantemente la citaba en sus relatos y además había escrito por esos días una columna en un diario de circulación nacional en la que divagaba sobre la importancia de las mujeres con las que estaba relacionado Tony Soprano) y, sin embargo, por una u otra razón, en 2 ó 3 años, no había podido pasar de la primera media hora del primer capítulo, a lo mejor tenía tantas expectativas que ese capítulo acaba por parecerme tedioso. Iban a dar las once de la noche, ella y yo seguíamos sin hablarnos y la reconciliación parecía tan distante e imposible como el trabajo de mis sueños, pero ya estaba terminando la Temporada 1.

En fin, en estos días, mientras sobrevivía a las náuseas provocadas por el vino tinto de la cena de Noche Buena, terminé las 6 Temporadas. Acabar Los Soprano me tomó alrededor de 6 meses: 2 episodios cada día, cada 2 ó 3 días, exceptuando los fines de semana. Y sí me pareció una serie tan genial como decían que era, pero también tuvo momentos malos –como la vida– y creo que hasta descubrí muchas cosas de mí mismo en Tony Soprano –si reflexiono un poco, mis problemas para relacionarme con la gente provienen de la forma en la que aprendí a relacionarme con mi familia, a veces no puedo delegar mis responsabilidades, a veces no logro ver lo fabulosa que es la mujer que vive conmigo desde hace más de diez años–, y todo esto transcurrió de manera casi imperceptible: Tony se había convertido casi en un miembro de mi familia, veía al Tío Junior por todas partes, me creaba ambivalencia el cinismo de Janice, me identifiqué con Christopher, sentí pena por la forma en la que acabó Johnny Sack, aborrecí a Phil Leotardo y a los chantajistas del FBI; temporada tras temporada, la Dra. Melfi me cayó peor; pensé en que podría interpretar a Furio y que Carmela podría ser mi crush.

En una escena, Meadow veía un video de Morphine en su recámara; en otra escena, Carmela salía del consultorio de la Dra. Melfi mientras sonaba una canción de Tom Petty; casi al final de la Temporada 6, la cámara se enfocaba en un árbol que había atravesado la camioneta de Christopher y que se había insertado exactamente en el asiento que podría haber ocupado su bebé, mientras sonaba “Comfortably Numb” y Christopher agonizaba, ahogándose en su propia sangre, detrás del volante, y Tony tomaba una decisión. En la Temporada 5, Steve Buscemi interpretó a «Tony B» –un mafioso que pasó varios años en la cárcel y que quiso rehacer su vida, pero que recayó por la tentación del dinero– y dirigió algunos capítulos; Sir Ben Kingsley, Nancy Sinatra y David Lee Roth también aparecieron en otras temporadas, “interpretándose” a ellos mismos.

El final no podía ser cualquier tontería explícita, no podía terminar con «Y Los Soprano fueron felices para siempre...», y los fans han especulado mucho sobre el posible significado de ese hombre que parece estar cazando a Tony mientras Carmela y sus hijos se reúnen con él en ese restaurante de bajo perfil, David Chase ha contado su versión, ha dicho que nada fue un accidente, que el final tenía que estar abierto a lo que cada espectador quisiera creer que ocurriría con Los Soprano, y me pareció un final muy bueno, que “Don't stop believin'” sonara cuando aparecen los créditos de la serie fue la mejor elección, y, sin embargo, el final me dejó con una sensación de vacío, como si alguien me hubiera dado un puñetazo en el estómago y estuviera recuperando lentamente el aire y volviendo a la (implacable) realidad, esta en la que ya hice las paces con mi esposa, pero en la que no importa cuánto lo intente, en la que el trabajo de mis sueños sigue siendo algo imposible y distante.

*Nada es cierto, todo es cierto, una columna que podrías leer en un diario de circulación nacional, si mi vida no fuera tan dantesca.

domingo, noviembre 24, 2024

Esta oscuridad que me ha perseguido

Durante casi dos semanas estuve tomando valaciclovir, tres veces al día. Durante dos semanas no he salido a correr. Durante casi un mes no he bebido ni un vasito de Jack Daniel's. El sábado cumplí 10 meses sin fumar. Y hoy estoy despierto desde las seis de la mañana. 

No quiero divagar, no quiero entrar en detalles, tampoco quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido todo este mes. Tampoco quiero dejar que el dolor se apodere de todo, ni estar pensando en cuánto deseo rascarme la mano, el brazo y la espalda. La comezón es insoportable. Es como si me hubieran arrastrado varios metros por el asfalto: me punza, me duele, me da comezón.

Quisiera deshacerme de todas estas sensaciones que no me dejan en paz, quisiera poner las cosas en orden, desahogarme, escribir sobre todo lo que ha ocurrido en los últimos días, pero Kilitos de Amor ya está en el escritorio, junto a la computadora, y maúlla y ronronea y me mira fijamente, y en su lenguaje felino me pide su porción matutina de Royal Canin. El comienzo de este ritual, me llevará a otra parte del ritual de todos los días: sacar la tira reactiva y el glucométro y la lanceta y pincharme un dedo y depositar una gota de sangre en la tira reactiva, y anotar cuántos mg/dl tengo de glucosa en sangre en ayuno, y perder un tiempo muy valioso intentando recordar qué comí ayer. 

Paso la lengua por el paladar. Las encías están inflamadas. Siempre ocurre cuando tengo la glucosa altísima. No he bebido ni un vasito de Jack Daniel's en casi un mes, pero ayer me tomé un vaso de Coca-Cola y me comí una hamburguesa con papas a la francesa. La vida no puede ser tan monótona. No puedes tomar agua sin azúcar y comer verduras hervidas y pechuga de pavo, todos los días.  

No quiero hundirme en la oscuridad que me ha perseguido casi todo el mes. 

Desde algún rincón de la casa, Yoko maúlla una y otra vez, y sus maullidos son tan agudos que no puedo concentrarme, y no sé por qué pienso en que sus maullidos a veces suenan como cuando alguien pasa un cuchillo afilado por un vidrio, y me remontan a alguna escena de Pesadilla en la calle del infierno en la que Freddy Krueger pasaba las navajas de los dedos de su guante sobre la tubería de algún sótano de las pesadillas de sus víctimas. También pienso en que todo se puede romper dentro de mí, como supuestamente le ocurrió al papá de Knausgård y como supuestamente le ocurre a su esposa, según lo que relata a partir de la página 920 del último tomo de Mi Lucha que estaba leyendo esta mañana antes de levantarme de la cama, cuando mi sueño fue interrumpido por el adormecimiento y por el dolor y por la comezón que siento en la mano, en el brazo y en la espalda. 

Ya estoy olvidando sobre qué quería escribir, no quería divagar, el impulso de escribir se va desvaneciendo como el último sueño que tuve antes de despertarme, ese que fue interrumpido por los síntomas que dejó el herpes zoster, ese sueño en el que apareció esta chica que estudiaba la licenciatura cuando yo estaba terminando el doctorado y que a veces iba al laboratorio y que nunca me hablaba sobria, pero, que, cuando, por ejemplo, coincidíamos en la clausura de algún congreso y ella ya tenía unos tragos encima, me saludaba y me contaba dos o tres cosas de su proyecto de investigación; esta chica que quién sabe por qué me intriga, esta chica que no entiendo –¡somos de mundos totalmente distintos!–, y que quién sabe por qué aparece en mis sueños ocasionalmente. En ese sueño, ella caminaba junto a mí, subía unas escaleras que yo iba bajando, y a lo lejos se incendiaba una casa, y yo descendía del tercer piso del edificio en el que viví toda mi infancia, y esa casa que se incendiaba era como la casa de la servidumbre de una mansión, y el camino que llevaba de la calle a la mansión estaba rodeado de árboles y de pasto, como si fuera un pequeño campo de golf, y el camino incluso tenía una fuente y una autopista por la que pasaban autos lujosos. La mansión se parecía a esa mansión de Eyes Wide Shut, la última película de Stanley Kubrick. En el ambiente del sueño había una especie de nostalgia, como si estuviéramos atrapados en una película del cine de oro mexicano. Y esta chica pasaba junto a mí, y tenía la mirada perdida, y llevaba puesto un suéter blanco con rayas negras y tenía cara de funeral. 

No sé qué puede significar ese sueño, sólo sé que soy el único que podría entender de dónde salieron todos estos escenarios y alegorías y esta chica, y estoy tratando de encontrar qué mensaje oculto pueden tener el edificio de la infancia, el incendio a unos metros del edificio, las escaleras y Kubrick y el cine de oro mexicano, y el hecho de que yo voy bajando por las escaleras y que esta chica va subiendo por las escaleras, cuando Lizzie entra en la recámara y de pronto me doy cuenta de que Jackson está acostado junto a mí en la cama. Él nada más contempla lo que ocurre más allá de la cama, cómo Lizzie pasa por la recámara y luego se mete en el cuarto donde teje, y luego me mira y cierra los párpados lentamente y mueve las orejas un poco, y todo esto lo hace de un modo en el que parece que está meditando, o evaluando los pros y los contras de levantarse de la cama. Es un gato sensacional, es el más paciente de los tres, y también es el más travieso y el más cariñoso. El que hace más vocalizaciones.

Estoy en todas estas cosas, cuando suena el teléfono, me ha llegado una notificación de What's App, es un mensaje de voz, intento ignorarlo, y me acuerdo del domingo pasado, cuando un fulano me llamó por teléfono en la tarde y fue directo al punto, me dijo Su paquete de Amazon llegará en 20 minutos, y yo le dije que estaba equivocado, que yo no había pedido nada, y luego me preguntó ¿Cómo está? y yo le dije la verdad, que estaba más o menos, ese día cumplía alrededor de 10 días con herpes zoster y en tiempo récord me habían bateado de tres convocatorias para plazas de académicos de tiempo completo en dos universidades distintas, y entonces le pregunté al fulano cómo estaba él –hasta ese punto, ni él me dijo su nombre ni confirmó el mío, como suelen hacer los ejecutivos de ventas cuando te llaman por teléfono– y él me dijo algo terriblemente patético –Con salud y con trabajo, gracias a Dios– y allí fue donde confirmé que se trataba de una estafa, que el sujeto tenía estudiado su discurso de “persona decente y chambeadora”, y divagué, y me lo imaginé como “persona decente y chambeadora”: cabello corto (fascistoide), saco, camisa formal, pantalones caqui, zapatos con punta de pico de pato... sin pendientes, obviamente, y sin tatuajes visibles, obviamente. Entonces, cuando le iba diciendo Ah, aquí es la parte en la que me vas a pedir que te dé un código que me llegará a mi What's App, él colgó. No sé dónde leí que a una celebridad la estafaron de una manera similar, pero mientras transcurría esta llamada telefónica, reconocí que aprendí algo de la experiencia de otra persona. 

Yo también colgué y no dejé de pensar en que el mundo de las apariencias es un asco. Que “la fábrica de sueños”, primero, y que las redes sociales, ahora, han adoctrinado de tal modo a la sociedad que creemos que una persona es como se ve: que las apariencias lo son todo. Podrías toparte en la calle con un hijo de la chingada que se ve estupendamente bien y que le vendería su madre al mejor postor, pero que te tira un rollo aspiracionista y empresarial, y entonces entregarle las llaves de tu casa porque eso es lo que te han enseñado la tele y los medios masivos de comunicación.

Escribo estas líneas y trato de ignorar el mensaje de voz que acaba de llegarme por What's App, pero hay un montón de distractores en todas partes. Yo sólo quiero desahogarme, olvidar estas dolorosas sensaciones que carcomen mi mano, mi brazo y mi espalda, y que me hacen sentir como si me hubieran arrastrado varios kilómetros por el asfalto y que me hacen desear una sola cosa: ¡rascarme hasta arrancarme toda la piel!

Estas dolorosas sensaciones tal vez son una manera en la que mi cuerpo me está diciendo que mande todo a volar, que deje de pensar en la oscuridad que me ha perseguido todo el mes, que la academia es una farsa, similar a la representación de “persona decente y chambeadora” del fulano que quiso estafarme por What's App el domingo pasado; que todas las plazas académicas ya tienen nombre y apellido, que he conseguido en tiempo récord mucho más de lo que podría conseguir cualquier académico con contratos temporales. Que puedo hacer muchas cosas más que las que podría hacer alguien a quien le ponen todo en bandeja de plata. Que debo aprender de mi propia experiencia, que es un poco absurdo aprender de la experiencia de otras personas y ser incapaz de aprender de tu propia experiencia. Que la publicidad es tan cabrona y obvia, que hasta escritores sin imaginación venden novelas sin imaginación. Y la gente los reconoce como escritores.

También cabe la posibilidad de que este dolor y esta convalecencia no signifiquen nada, tal vez nada significa nada, tal vez esto no significa nada, tal vez la aparición del edificio de mi infancia en mis sueños no significa nada, tal vez los distractores son la realidad, tal vez la selección mexicana de futbol es lo único real, tal vez lo único que importa es tener un buen publicista o un buen contacto, tal vez todos los días debemos salir de nosotros mismos, tal vez nosotros somos nuestra propia oscuridad, tal vez las enfermedades son todas psicosomáticas, tal vez lo único real es que no podemos vivir de satisfacciones personales, somos adultos y no podemos pasar todo el día en la cama, huyendo de las responsabilidades porque estamos tristes y enfermos.

sábado, octubre 26, 2024

más o menos bien


Sonaba “Más o menos bien” y yo estaba ídem, con varios litros de Jim Beam recorriendo mi torrente sanguíneo y estallando esporádicamente en mi sistema nervioso central, a punto de que todo, incluyendo sentirme una malísima copia de José Agustín, me valiera madre, pero el remordimiento era más fuerte que ese estado de semi inconsciencia. 

Había hecho enojar a Lizzie otra vez. 

La música y las luces de El Pata Negra me embotaron, me dio un ataque de tos, me faltó el aire, y me transportaron a un malviaje, como el de aquella noche en casa de Tomás, cuando habíamos fumado una hidropónica muy potente y Lizzie y yo nos quedamos en silencio, en medio de la sala, mientras Tomás y sus amigos escuchaban alguna triste canción de José José y yo sentía que estaba al borde de un ataque de ansiedad, y quería vomitar y evitaba precipitarme en el abismo de ese pensamiento que merodeaba mi mente –«¡Te sientes mal, y te sentirás peor!»– y que me llevaría a hiperventilar y a tener una crisis de ansiedad. 

De pronto, el público –unos cuarenta o cincuenta individuos–, corearon la canción y movieron las manos en lo alto, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, y establecieron un vínculo fabuloso con la banda, formaron una fabulosa comunión con la banda, y las reminisciencias de aquel malviaje en casa de Tomás se esfumaron, la gente dejó de ser un espejismo, la música y las luces me despertaron y me devolvieron a la realidad.
 
A lo mejor todos 
(excepto Lizzie, quien, desde entonces, era la única que se mantenía sobria siempre), ya estábamos más o menos ebrios, el evento era patrocinado por Jim Beam y los tragos eran gratis, y, tal vez, una groupie de Nos Llamamos me había puesto un brazo alrededor del cuello y el contacto con la tibia piel de otro ser humano me hizo volver a la realidad y reparar en que no estaba soñando, en que no estaba a punto de hiperventilar en casa de Tomás, sino en que la groupie y yo estábamos de pie, a menos de un metro del escenario, y que todo eso –la música, las luces, la gente, la comunión entre el público y la banda, los tragos de whisky bourbon que explotaban en mi cerebro– habría podido convertirse en un recuerdo memorable, excepto que no podía apartar mis pensamientos de Lizzie, de lo que ella significaba para mí, de que siempre la hacía enojar con tonterías, de que era tan idiota que nunca podía quedarme con la boca cerrada, de que era tan idiota que no podía darme cuenta de lo fabulosa que era conmigo.

Bajé la mirada, carraspeé, me quité el brazo de la groupie de encima, ya no era un contacto reconfortante sino una invasión a mi espacio, y escuché en mi mente:

«¡Todas las canciones las canta igual!»

Eso era lo que Lizzie me decía cuando ponía por tercera o cuarta ocasión consecutiva La Dinastía Scorpio cualquier fin de semana, en el reproductor de discos compactos. Estaba obsesionado con ese álbum. Casi tanto como me había obsesionado Hasta Ahora Todo Va Bien, el álbum debut de esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que había tocado varias veces con Nos Llamamos. Lizzie y yo vivíamos en un pequeño departamento en Xola y casi todos los fines de semana escuchaba La Dinastía Scorpio, y Lizzie, con toda razón, ya estaba harta. No le gustaba el cantante, decía que todo lo cantaba igual, y yo discutía con ella –a lo mejor en esos momentos ya me había tomado varios whiskies baratos–, y no aceptaba que ése era su punto de vista. 

La Dinastía Scorpio era el álbum de Él Mató A Un Policía Motorizado que traía “Más o menos bien” –esa canción que estaban tocando en vivo, en la realidad de ese estado semi inconsciente que me arrastraba como una ola salvaje hacia afuera, hacia donde transcurría esa fabulosa comunión entre la banda y el público, y luego hacia adentro de mí mismo, como si me tragara el océano, hacia donde no había nada más que una oscura luminosidad de malos viajes con otros agentes químicos–, y no era plenamente consciente de que estaba escuchando a esa banda argentina en un foro pequeño, ni que tenía a esa banda argentina a menos de un metro de distancia, entre un montón de manos que se movían en lo alto, de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, y que a veces parecían un espejismo, conforme varios mililitros de Jim Beam iban estallando en mi sistema nervioso central y me sentía una malísima copia de José Agustín y al mismo tiempo me valía madre porque me encontraba en un estado de semi inconsciencia.

Suspiré y luego dejé escapar un poco de aire por la boca. 

Una especie de claridad, una ráfaga de aire caliente, subió desde mis entrañas hasta mi cabeza, y me sentí miserable, y me pregunté cuándo había comprado ese álbum –¿acaso lo había comprado en otro concierto?, ¿acaso Él Mató A Un Policía Motorizado había tocado otras veces con Nos Llamamos?, ¿acaso me había obsesionado con ese álbum como me había obsesionado con Hasta Ahora Todo Va Bien, de Los Silencios Incómodos, esa banda que sonaba un poco a Sonic Youth y que me encantaba y que también había tocado varias veces con Nos Llamamos?–, y también me pregunté cosas más importantes: ¿por qué no podía dejar de ser un idiota...?, ¿cuánto tiempo más me soportaría Lizzie...? 

Ella y yo apenas íbamos a cumplir tres años viviendo juntos y yo ya ostentaba el récord de provocar discusiones sin sentido y ella siempre era más lista que yo y me ignoraba, pero esa noche había sido la excepción –quizá ya la había hartado con mis recurrentes arranques de ira y de infantilismo, quizá esa noche en verdad estaba furiosa, quizá esa noche era el fin de los tiempos–, y, entre todas esas manos que comulgaban con la banda argentina de noise rock, por primera vez desde que escuchaba incansablemente La Dinastía Scorpio, me dio la impresión de que el cantante, tal y como me lo había dicho Lizzie en innumerables ocasiones, cantaba todo igual, todo lo cantaba en el mismo tono. 

Busqué a Lizzie con la mirada y la vi platicar a muchos metros de distancia, estaba con un amigo suyo, creo que nos había presentado antes de que empezaran a tocar Nos Llamamos, y tuve un insight: nunca vas a cambiar, necesitas ayuda profesional, tienes un problema con tu control de ira.

No pensaba realmente en esa película en la que actúa Jack Nicholson, pero ésa era la idea.

Aún no demolían El Plaza Condesa, Lizzie y yo íbamos a cumplir tres años en ese pequeño departamento en Xola que era como un congelador –apenas le daba el sol–, Kilitos de Amor era un gato bebé, yo acababa de publicar otro paper como primer autor, el último semestre del doctorado se estaba convirtiendo en un infierno, mi tutor y yo nos llevábamos del carajo, todos los días me sentía mal, todos los días quería mandar a volar todo, todos los días me sentía insignificante, los síntomas de esa espantosa enfermedad que me llevaría al quirófano años más tarde aún no emergían a la superficie, y esa noche ya habían tocado Nos Llamamos y El Mató A Un Policía Motorizado tenía diez o quince minutos en el escenario de El Pata Negra. 

Ya pasaron casi diez años desde entonces, algunas cosas siguen igual y otras han mejorado y otras han empeorado, Kilitos de Amor ya es un senior cat y vino a llamar mi atención mientras escribía todo esto y se subió al escritorio y luego me pasó una de sus patitas sobre el rostro y le acaricié la cabeza y las orejas y él ronroneó y se quedó unos minutos como estatua y después se fue, y van a dar las siete de la mañana y es sábado y Lizzie no está enojada conmigo.